Desde hace ya años no soy muy amante de los propósitos de inicio de año. En realidad, en cierto modo siento que el año sigue empezando en septiembre, como el curso lectivo: las vacaciones de verano son más largas y la pereza que me invade con el extremo calor me deja luego con ganas de volver a empezar.
Este año, sin embargo, he notado ciertas ansias de... no, no de empezar, sino de acabar cosas. Cosas que tenía en el tintero desde hace mucho. Cosas empezadas, retomadas, abandonadas pero nunca olvidadas. Claro, en 2026 harán treinta años desde que perdí a mi madre (dos tercios de mi vida) y veinte desde que faltó mi padre. Aciagas efemérides.
Pero es que además el pasado año, en mayo, se cumplió una década desde que salió a la luz Evangelio según Longinus, esa especie de novela negra pseudohistórica de 60000 palabras. No es que fuera un gran éxito, en absoluto, pero sí hubo un goteo de ventas que me daba cierta esperanza. También de críticas negativas, aunque en su mayor parte es porque no digo que Cristo es Dios. Pero vale, esa fue mi forma de romper mano y explorar lo que era la autopublicación.
Menos de un año después, en enero de 2016, saqué Lander, legado de reyes, una antología de relatos, poemitas y epístolas en torno a los reyes que ocuparon el trono de esa nación durante sus mil años de historia. Y bueno. Menos éxito que el anterior, claro, al ser más de nicho. Pero al menos sus 70000 palabras se leyeron algo y obtuve un par de buenas críticas.
Luego, en septiembre de 2017, llegó Sonata de Mekania: meses de trabajo para llegar a las 173000 palabras (no saben lo que me cuesta alcanzar las 300 diarias), manejar seis arcos argumentales importantes que se iban cruzando, etc. Y claro, uno se confía y espera ciertas consecuencias por el currazo. No hablo del estrellato literario, ni nada de eso; simplemente, que el libro se moviera un poco. Al menos un poco más que el anterior.
Bueno, pues no puedo echar la culpa ni a la prosa remilgada, ni a su enorme cantidad de personajes, ni a la dificultad de enganchar por la gran cantidad de tramas iniciales (todo eso puede considerarse «exigente» para un lector que se acerca a un universo por primera vez, y motivo para que deje la lectura). Y no, no puedo echarle la culpa a eso porque es que el libro, directamente, no se leyó. Seis ebooks y cuatro libros impresos son el recuento total de sus ventas en todo este tiempo (y los impresos son con toda seguridad de mis amigos). El bajón fue impresionante.
Estaba claro que yo no lo había movido. No soy muy ducho en redes, y menos en autopromoción, y no quise dejarme pasta en marketing. La solución, por supuesto, pasaba por intentar que una editorial me publicara. Así que inicié alguna cosa nueva, con la intención de que fuera lo bastante buena para ser considerada publicable. Quizá para participar en algún concurso literario. Nunca las acabé, quizá porque pensaba que una editorial buscaría algo más comercial que lo que yo estaba escribiendo: muchos adjetivos, demasiadas subordinadas... ¿Y cómo iba yo a rebajar mi estilo? Por favor...
Eso incluyó muchos inicios. Algunos solo imaginados, mientras conducía de vuelta a casa, sin llegar a escribir ni una sola palabra. Otros usados como escenario para partidas de rol, como mi querido San Juan de las Dunas. Y otros avanzando a trancas y barrancas, con cien palabras hoy y otras doscientas el mes que viene. Revisando lo escrito con la intención de volver a arrancar, para luego volver a dejarlo.
Mientras tanto llegaron la boda (2019), la mudanza (2023), las niñas (2024), los ascensos laborales en un trabajo que no me dice nada (2025), las reformas (que aún duran)... Y ocho años sin publicar ninguna de las mil historias que siguen bullendo en mi cabeza.
Tocaba apretar los puños, los dientes, y hasta el alma, si hacía falta. Así que estas fiestas me he propuesto terminar uno de los relatos que tengo más avanzado. Y no ha ido mal del todo. Está casi a punto, y aún tengo cuatro días por delante. Pronto, muy pronto, podrán oír El canto de la kikimora.

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