Mostrando entradas con la etiqueta reseñas: contemporánea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reseñas: contemporánea. Mostrar todas las entradas

Reseña: Todas las miradas del mundo


Málaga, 1982. Campeonato Mundial de Fútbol. Un miembro de la delegación neozelandesa desaparece el mismo día en que el equipo austral aterriza en la Costa del Sol. El inspector Luis Mainar, un policía solitario y sentimental, a veces atormentado por su divorcio y la enfermedad de su hija, viajará hasta el sur con intención de buscarlo; el mismo viaje que emprende un comando de ETA para ejecutar un gran atentado.

Miguel Mena, el autor de este libro, trabaja como locutor en Zaragoza. Ha publicado novelas, relatos y libros de viajes. Entre otras cosas, su obra Días sin tregua ganó el Premio Málaga de Novela.

La novela está ambientada durante los días en que se disputan los primeros partidos del mundial de fútbol celebrado en España, pero esto únicamente es el telón de fondo. Lo mismo que sucede, en cierto modo, con la trama principal de la historia: la resolución del caso no se realiza con una investigación sesuda o merced al buen hacer del inspector de policía, sino de una forma muy «realista» y gracias a un par de detenciones afortunadas.

Entonces, ¿qué hace de este libro algo reseñable?. Primeramente, los diversos personajes que se suceden para aportar sus puntos de vista: el inspector al que critican sus nuevos compañeros, diversos espías nerviosos, un grupo terrorista que se cree en plena guerra y delincuentes con pocas trazas. Y, sobre todo, que la novela ofrece una imagen de un año muy importante para la Transición española: la entrada en la OTAN, los coletazos finales de la Guerra Fría, los efectos del envenenamiento masivo por el aceite de colza, etc. Pero todo ello se nos cuenta rápidamente y usando diversas escenas cortas. Las explicaciones no son las de un profesor de Historia, sino las de los propios protagonistas de estos hechos.

Así pues, cualquiera con un mínimo interés en los tempranos ochenta o en la Historia reciente encontrará que este libro es una verdadera delicia.

Reseña: El joven Nathaniel Hathorne


Víctor Sabaté visita en El joven Nathaniel Hathorne, su primera novela, varios momentos de la vida y obra del autor de La letra escarlata, salpimentados con referencias o citas de otros autores. 

En sus escasas noventa páginas imagina una ficción sobre un posible plagio hacia atrás en el tiempo, mientras habla de la creación literaria y de la fuga de la inspiración, huidiza ante la ineludible vida cotidiana. La pequeña anécdota sirve por tanto como excusa para incorporar diversos momentos narrativos, y en los capítulos se entrecruzan la recreación metaliteraria y la dimensión del autor desencantado.

Eso sí: llamar a este juego literario novela no creo que sea correcto. En cierta forma es una reunión de cuentos interconectados, pero su mera yuxtaposición queda algo rara. Yo la consideraría un género mixto, una suerte de ensayo de ficción cuyo mayor defecto es su brevedad, ya que logra cautivar al lector cuando ya termina.

Derecho a reseñar

Hace unos días, paseando por el centro con mi amigo Juan, entremezclando retazos de conversaciones como solemos hacer, me dijo: Oye, ¿quién te crees que eres para meterte con la obra de un autor reconocido?

Yo ya sabía el motivo que le llevaba a soltarme aquello, claro. Juanito es un tipo de ésos que lee todo lo que caiga en sus manos, desde un manual político hasta el prospecto de las pastillas de su abuelo. Mas, como cualquier mortal, tiene sus preferencias y sus debilidades. Y días atrás yo había reseñado una saga de su autor favorito.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue recordarle que no en vano había estudiado una filología, incluyendo asignaturas de crítica literaria. Sin embargo, rápidamente me di cuenta de que, en realidad, lo que me hace reseñar una novela no es lo que he estudiado, sino, simplemente, lo que he leído. Así que respondí a su pregunta: Pues un lector.

Joanet me miró extrañado, y yo traté de explicarme. Pero claro, una conversación es cosa de dos, y cuando hay opiniones contrapuestas uno no puede decir todo lo que quiere, y de la forma que quiere. Luego, horas después, llegan a la mente buenas frases que hubiera estado bien pronunciar. Así que por eso hago esta entrada.

Creo firmemente que cualquier persona puede opinar de cualquier tema, incluso sin tener ni idea del mismo. Por supuesto que en ocasiones las opiniones vertidas no serán veraces, o estarán teñidas por creencias o visiones divergentes, pero mientras el opinante lo haga con respeto, y no trate de sentar cátedra ni pretenda hacer ver que lo opinado es una verdad incuestionable, todo vale.

Los ejemplos son múltiples, y ni siquiera me refiero a que cada cual tenga sus preferencias y sus gustos. No hace falta estudiar solfeo para notar que una banda de rock está tocando a destiempo. Ni es necesario dar clases de escultura para ver que una figura no es simétrica. Ni, tampoco, saber escribir para comprobar que un personaje de una novela cambia su modo de actuar bruscamente y sin explicación, o que la obra es una suma de momentos de acción que no cuentan nada. Y eso, como digo, sin entrar en los gustos personales de cada uno.

Reseñar un libro o una serie de libros supone, fundamentalmente, dar una opinión. Y ésta puede estar basada en tus conocimientos, en tu experiencia con otras obras semejantes, o simplemente en lo que te ha hecho pensar o sentir. Yo, por mi parte, intento equilibrar siempre la cal y la arena: incluso en las novelas que me han agradado en extremo trato de sacar defectos, y busco aciertos en aquéllas que denuesto.

Así que, Juanillo, la razón que me lleva a reseñar es que es parte de mis derechos como lector.

Reseña: El pintor de batallas

Dos años después de Cabo Trafalgar, en el 2006, Alfaguara publicaba la siguiente novela de Arturo Pérez-Reverte: El pintor de batallas.

Se trata de una obra con una cantidad de acción prácticamente nula, pero cuya trama es particularmente intensa. Todas las escenas son o bien diálogos entre los dos protagonistas, o bien recuerdos de uno de ellos. Faulques, fotógrafo de guerra, ha decidido «colgar la cámara» y se dedica a pintar un mural que ocupa todo el interior del torreón donde reside. Ivo Markovic, soldado en Yugoslavia y cuyo rostro le valió a Faulques premios y reconocimiento, le visita en su torreón y le anuncia que va a matarlo. Entre ambos se suceden entonces diversas charlas en las que conocemos parte de la historia de ambos, mientras se van intercalando con los recuerdos de Faulques sobre su vida con Olvido Ferrara (nombre irónico donde los haya).

Por supuesto, la obra está teñida con el sentimiento antibélico que recubre muchas de las novelas del autor. Tanto los temas concretos como el tipo de narración hacen de esta obra una suerte de contrapartida a Territorio comanche, con la diferencia de que en esta ocasión todo parece mucho más personal: los años pasados desde la guerra no han anulado en los personajes sus efectos sobre la psique, y simplemente han sustituido el horror debido a la maldad humana por una sensación de pérdida.

Se trata de una novela que debe leerse despacio, como deslizándose por sus líneas, para poder apreciar todos los matices psicológicos que van recorriendo sus personajes, los cuales están construidos capa sobre capa hasta parecer, a todos los efectos, personas de carne y hueso.

Reseña: La Reina del Sur

Tras La carta esférica (2000), en ese mismo año Alfaguara le publicaba a Pérez-Reverte el cuarto libro de la serie de Alatriste, y al año siguiente Con ánimo de ofender, el segundo de sus libros dedicados a la recopilación de artículos de prensa. Ya hablaremos de esos dos más adelante, y pasamos a su siguiente novela, La Reina del Sur, que vio la luz en 2002.

Esta obra cuenta, en medio millar de páginas, la historia de Teresa Mendoza, desde su huida de México para salvar la vida, y a lo largo de toda su escalada en el negocio del contrabando de drogas. La narración se hace desde dos puntos de vista: el de la propia protagonista, y el de una suerte de novelista (podríamos decir que es un alter ego del autor) del que nunca sabemos su nombre. Este último va citándose con diferentes personajes secundarios de la vida de Mendoza o entrevistando a diversas autoridades con el fin de averiguar las partes ocultas de la vida de la llamada «Reina del Sur» y poder escribir una historia sobre ella.

Pero la novela cuenta más cosas. O cuenta eso mismo, pero salpicada con muchos detalles que dan al personaje una psicología singular, empezando por su código de honor (podríamos decir que «personalizado») y pasando por verse a sí misma como a otra persona diferente, o más bien como muchas personas diferentes a lo largo de su vida. La propia protagonista resume su ansiedad vital: «Nunca pude elegir -dijo en voz alta-. Nunca. Vino y le hice frente. Punto». Y poco después completa: «Tampoco yo sé adónde voy». Y algunas páginas más adelante: «Porque yo nunca elegí, y la letra me la escribieron todo el tiempo otros».

Uno de los rasgos de la novela es la fuerte caracterización lingüística de los personajes, y sobre todo en el caso del mexicano, que tiene un gran peso a lo largo del texto: vocablos, expresiones y giros, o variaciones semánticas, son usadas con profusión, y uno casi puede oír el acento de los diálogos. Otro rasgo viene del uso de canciones y libros: Por un lado, los «corridos», que le traen a Mendoza la nostalgia de su tierra y cuyas letras dan título a los diecisiete capítulos que componen la novela. Corridos que además se encuentran en la génesis de la obra y de los que, justamente, se ha escrito uno en honor de la novela. Por el otro lado, la lectura, hábito que la protagonista adquiere en prisión, y es la tabla de salvación que la lleva a medrar en su vida. Como no podía ser menos si hablamos de Pérez-Reverte, la referencia más palpable es la de Dumas, en concreto la de El Conde de Montecristo encerrado en el castillo de If. Y hablando de referencias, no he encontrado ninguna a ese universo particular que componen las novelas del autor, con la excepción de un cuadro del Antilla batallando en Trafalgar (y eso que todavía faltaban dos años para que se publicara Cabo Trafalgar, la novela donde aparecería ese inexistente barco), y obtenido por mediación de la famosa agencia de subastas.

El lenguaje de la novela es bronco y duro, reflejando el ambiente en el que se mueven los personajes. Contiene numerosos diálogos, pero muchos de ellos están integrados en párrafos, sin marcarlos gráficamente, simulando en cierta forma el discurrir del pensamiento. Es un paso más en la evolución que ya veíamos con La carta esférica, donde los escasos diálogos se enmarcaban entre largas digresiones interiores. Pero si aquel estilo reducía la cadencia de la lectura, éste consigue acelerar el ritmo a pesar de la casi total ausencia de acción.

Por ponerle una pega, diría que su final no pega bien con la narración. Tampoco voy a desvelar nada si les digo que desde la primera página hay un cierto regusto a tragedia y, entendiendo los términos en su sentido clásico, la obra es una comedia. En mi opinión la historia se ve desmerecida tal y como acaba.

Existe una adaptación de La Reina del Sur, en una serie (¿telenovela?) de 63 episodios. No la he visto, pero el propio Pérez-Reverte ha comentado que no le gusta cómo la han llevado a cabo.

Reseña: Tiburón

A Peter Benchley el arte le viene de familia: Su abuelo paterno, Robert, fue actor, crítico teatral y humorista. Su padre, Nathaniel, escribió unas 35 obras (más de la mitad para un público juvenil). Su hermano menor, Nat, es también actor y humorista.

Benchley tenía 34 años y había trabajado en diferentes medios escritos (The Washington Post, la revista Newsweek, National Geographic e incluso la Casa Blanca) cuando Tom Congdon, de la editorial Doubleday e interesado por sus artículos, contactó con él para discutir ciertas ideas literarias. Durante la reunión, Congdon no quedó para nada impresionado por las propuestas de Benchley sobre libros divulgativos, pero se interesó por su idea para una novela sobre un enorme tiburón blanco aterrorizando a la población de un destino turístico. Aunque tuvo que reescribir su trabajo al gusto de la editorial, había nacido Tiburón.

Corría el año 1974, y la novela fue un éxito. Sólo en un año ya existía una adaptación fílmica, con guión del propio Benchley y de Carl Gottlieb, y dirigida por Spielberg (que contaba por entonces con 27 años). La película, estrenada en la por entonces mala estación veraniega, fue un éxito de taquilla que desbancó rápidamente los récords anteriores. Tuvo tres secuelas usando algunos de sus personajes, pero sumando la recaudación de las tres no llegan ni siquiera a igualar la taquilla de la original. Tampoco en calidad la alcanzan, por supuesto. {En 1977 Star Wars seguiría el ejemplo del estreno veraniego apoyado por una fuerte campaña comercial. Había nacido el fenómeno del «estreno del verano»}

El autor siguió trabajando, y publicó otras siete novelas: una semibiográfica y relacionada con el alcoholismo, otra sobre su trabajo en la Casa Blanca, y las otras cinco donde el mar sigue teniendo un gran protagonismo, generalmente por la procedencia de sus antagonistas. Salvo una (que casualmente es su novela con mejores críticas: The girl of the Sea of Cortez), todas han sido adaptadas al cine, con escaso éxito. También creó el guión para dos cortas series de televisión, y escribió en sus últimos años libros divulgativos en contra de la explotación marítima y a favor de la presencia de tiburones en los mares del mundo.

¿Y qué hay de la novela que le dio fama?
Tiburón es una historia relativamente breve, y si la dividiéramos en las tres partes consabidas obtendríamos una introducción alargada, en la que se suceden las víctimas del tiburón mientras las autoridades se niegan a aceptarlo; un nudo acortado, donde un par de personajes que parecían tener escasa importancia se cruzan para generar un conflicto nuevo; y un desenlace muy correcto donde, como es lógico, se resuelven ambos conflictos. {Tampoco es cuestión aquí de contarles cómo acaba, aunque sería raro que no lo supieran}
A pesar de la sucesión de escenas violentas, no es excesivamente sangriento (seis víctimas en total, frente a las cuatro de la película, pero sin detenerse morbosamente en ello) y un par de los fragmentos más interesantes son aquellos en los que tenemos la visión desde la óptica del pez. Esto ocurre sólo al principio, y sin embargo logra que el lector empatice con el animal, deseando que, como en Moby Dick, triunfe a pesar de los seres humanos. También apoya esta idea la escasa identificación que ofrecen los personajes. Salvo el principal, el jefe Brody, el resto sólo están definidos con algunas pinceladas, y aunque no llegan al punto de ser planos, no pasan de estar conformados por dos o tres rasgos y el conjunto queda algo escaso. Destaca por supuesto el trío del final: Quint, un trasunto de Ahab obsesionado por matar al tiburón; Hooper, un ictiólogo que no se da cuenta real del peligro que supone el pez; y el propio Brody, a quien su deber y los remordimientos por haber cedido a la presión política obligan a perseguir al animal.
Otro de los puntos negativos es la resolución de uno de los conflictos. Se trata del creado en la parte media de la novela, y que es solucionado con un mecanismo de deus ex machina por el propio jaquetón (podríamos llamarlo carcharodon sub mari).
A pesar de lo dicho, la novelilla se lee muy fácilmente, de un tirón, y está escrita con un lenguaje accesible pero no llano. Se ha convertido ya en un clásico cuya lectura recomendamos desde aquí. Les dejo con un par de frases.

–Suena usted como un gángster de película: «Quiero ver a ese pez muerto». Así que me contrata para que lo mate. ¿A quién encargará que lo haga, si no lo hago yo?
–¿Qué podemos hacer? Diablos, preferiría un huracán. O incluso un terremoto. Al menos, cuando pasan ya se han acabado. Puede uno mirar a su alrededor y ver lo que ha pasado, y lo que se tiene que hacer. Son sucesos, algo con lo que uno puede enfrentarse. Tienen un inicio y un fin. Esto es una locura.
Estoy derrotado. Lo único que podemos hacer es esperar hasta que Dios, la Naturaleza o quienquiera que nos esté haciendo esta jugarreta, decida que ya hemos sufrido bastante. Esto ya queda fuera del poder humano.

Reseña: La carta esférica

Tras La piel del tambor (1995), Pérez-Reverte inició la serie de Alatriste, cuyos tres primeros libros aparecieron en años sucesivos. También del 98 es Patente de corso, el primero de los libros dedicados a la recopilación de sus artículos de prensa. De todos ellos nos ocuparemos más adelante, y haremos un salto hasta su siguiente novela, La carta esférica, publicada por Alfaguara en el año 2000.

En su medio millar de páginas nos describe la recuperación del tesoro de un pecio hundido frente a las costas de Cartagena por parte de Tánger, empleada del Museo Naval, y Coy, marinero 'varado' en tierra. A ellos se enfrentan, como prototípicos perseguidores, Nino Palermo y Horacio Kiskoros. La novela se desarrolla lentamente, con un proceso investigador escaso en el que el lector poco puede intervenir, y sus diálogos, llenos de silencios, resultan intervenidos casi siempre por la voz interior de Coy. Es la mirada de éste, a pesar de que no es quien nos cuenta la historia, la que sigue la novela, y de esta forma podemos ir averiguando poco a poco los movimientos de los personajes, al mismo tiempo que lo hace ese triste marinero.

El ritmo lento de la obra tiene, sin embargo, un buen motivo. La lectura de La carta esférica no debe hacerse buscando escenas de acción o un final trepidante, sino que debemos dejar fluir la narración. Ésta se llena de una mirada desengañada de la vida, del miedo a la falsedad, la soledad y la muerte, y sobre todo a la muerte en soledad. La novela habla de infancias perdidas y del respiro que supone para el alma de los personajes el silencio de las inmersiones bajo el mar.

Un mar que se hace protagonista directo (más de la mitad de la novela transcurre en las aguas del Mediterráneo), pero también indirecto (a través de las múltiples referencias literarias, desde Homero a O'Brian, que pululan por sus páginas). Y ya que hablamos de referencias, debo dejar nota una vez más de las referencias al universo literario del autor, desde la agencia de subastas donde se encuentran los personajes en el primer capítulo (la oficina en Barcelona de la misma agencia que aparecía en La tabla de Flandes) hasta el recuerdo que Palermo tiene de quien le consigue cartas náuticas y legajos antiguos, el personaje de Corso (el protagonista de El club Dumas), pasando por cierto sable colgado en la sala dedicada a Trafalgar en el Museo Naval (el sable del capitán del Antilla, buque que participó en la Batalla de Trafalgar; o eso dice la novela, pues ningún Antilla participó en dicha batalla, a menos que leamos la narración de Cabo Trafalgar, un libro que aparece cuatro años después que el que nos ocupa hoy).

Existe una adaptación cinematográfica de La carta esférica, estrenada con el mismo título en 2007, dirigida por Imanol Uribe. La adaptación es muy fiel, con escasísimos cambios, hasta que llegamos al final, que es abismalmente distinto. Actúan como los personajes principales Carmelo Gómez y Aitana Sánchez-Gijón, y como los secundarios Gonzalo Cunill y Enrico Lo Verso (quien el año anterior había interpretado a Malatesta en la adaptación de Alatriste).

Reseña: La piel del tambor

El mismo año en que se publicó Un asunto de honor, 1995, Alfaguara publicaba la octava obra de Arturo Pérez-Reverte. Se trata de una novela de medio millar de páginas, que aunque se aparta de los usos habituales del género negro podríamos calificar de detectivesca.

La trama se centra en Quart, un sacerdote que el Vaticano envía a Sevilla para investigar un par de muertes relacionadas con una pequeña iglesia "de barrio", que se debate contra el estado de ruina. El desarrollo es pausado, con un ritmo que sólo se acelera un tanto cuando queda un tercio para el final (aunque vuelve a su cauce poco después) y una narración basada en las diversas entrevistas con los personajes que rodean el lugar.

Un punto divertido lo ponen el trío de personajes que es contratado para vigilar a Quart y asegurarse de que la iglesia no puede seguir realizando su culto, por que la verdad que son para darles de comer aparte.

Por último, también destaca la creación del universo particular del autor. Me explico: esta y otras novelas de Pérez-Reverte incluyen pequeñas referencias cruzadas, salpicando la obra con detallitos que aumentan la coherencia interna de las mismas. Así, en este caso con encontramos con una reproducción de La partida de ajedrez (el imaginario cuadro en torno al que se movía la narración de La tabla de Flandes) y oímos hablar de ciertas joyas compradas por Paco Montegrifo (el de la agencia de subastas que intentaba hacerse con dicho cuadro). Lo bueno de esas referencias es que si no has leído nada de las novelas anteriores, pasas por encima sin problemas, mas si tienes la suerte de ir descubriéndolas, su lectura es mucho más rica.

La piel del tambor no ha sido adaptada específicamente, pero su personaje dio lugar a Quart, el hombre de Roma, una serie de seis episodios protagonizada por Roberto Enríquez y con guión supervisado al parecer por el propio Pérez-Reverte. Entretenidilla, pero tampoco para lanzar cohetes.

Reseña: Un asunto de honor

Mientras estos primeros días de septiembre nos acercan cada vez más al primer encuentro de las Garras del Fénix de la recién estrenada temporada, por mi parte continúo con las reseñas de libros leídos durante el verano.

Corría 1995 cuando Alfaguara publicaba Un asunto de honor (Cachito), la séptima obra de Pérez-Reverte. Y digo obra, no novela, porque la narración se queda en unas 70 páginas. En un apéndice de otras 20, el autor nos cuenta los pormenores del paso al guión para la película que, con el título de Cachito, dirigió Enrique Urbizu. Y es que prácticamente nació para eso, para ser adaptada.

La trama es muy leve, pero creo sinceramente que lo mejor son los personajes. El camionero, el dueño del burdel y sus trabajadoras, y hasta la chiquilla que se encuentra en el centro de todo el embrollo. Es poco lo que puedo decir sin desgranar el argumento, así que les recomiendo que si tienen una hora libre, se entretengan en su lectura.

Como ya he comentado, existe una adaptación de la obra. La trama es exactamente la misma, y vuelven a destacar los personajes. Entre los actores destaca el recientemente fallecido Sancho Gracia, y los papeles menores de Pilar Bardem, Pepo Oliva y Aitor Mazo.

Reseña: Territorio comanche

La sexta novela de Pérez-Reverte fue publicada por Ollero y Ramos Editores en 1994. Aunque no se trata de una autobiografía (el autor lo ha negado en varias ocasiones), la historia bebe directamente de las experiencias de don Arturo como reportero de guerra.

No creo que, estrictamente, la obra pueda ser llamada 'novela', porque a su brevedad (algo más de 100 páginas) se une una ausencia casi completa de trama. Básicamente, la historia se centra en la larga espera hasta la demolición de un puente por las tropas croatas, donde, usando una disposición que trata de imitar el fluir de los pensamientos, se van interpolando diversos recuerdos, tanto de la presente guerra como de otras pasadas.

Y cada uno de esos recuerdos reflejan el horror de la guerra (mucho más, debido a su cercanía temporal, de lo que podrían hacerlo El húsar o La sombra del águila), y los bajos instintos que dominan a los seres humanos desesperados. Por supuesto, la ética profesional de los reporteros de guerra es fuertemente cuestionada.

La novela fue adaptada al cine en 1996 de la mano de Gerardo Herrero (con guión en parte del propio Pérez-Reverte), ganando el premio del Festival de Berlín al año siguiente. Entre el reparto aparecen Imanol Arias y Carmelo Gómez. La adaptación es bastante fiel, aunque para presentar las diversas escenas se le da mayor protagonismo a una reportera recién llegada, sobre la que recae el peso de la reflexión en cuanto a su trabajo. Si no les apetece leer, la verdad es que pueden visionarla, aunque prácticamente consumirán el mismo tiempo que si leyeran la novela.

Reseña: La tabla de Flandes

Con su tercera novela, Pérez-Reverte firmó con Alfaguara, editorial con la que ha seguido trabajando en la mayoría de sus obras posteriores. Este hecho refleja el éxito cosechado por esta novela, que comenzaba a dar mayor fama a su autor.
 
Publicada en 1990 (dos años después de El maestro de esgrima), la obra vuelve a ser muy distinta a sus anteriores novelas. La tabla de Flandes se centra en Julia, una restauradora de arte que recibe un encargo especial: restaurar La partida de ajedrez, obra de Van Huys, un pintor flamenco del XV. La fuerza del relato es tal que muchos lectores han creído que obra y autor son reales (idea reforzada por las portadas de algunas ediciones).

Al descubrir una inscripción oculta en el cuadro, la inocente protagonista debe solicitar la ayuda de algunas personas para resolver la partida de ajedrez que los personajes pintados parecen tener a medias. Pero al mismo tiempo, comienzan a sucederse los asesinatos, relacionados también con el cuadro.

Sobre esta trama policíaca, cuyo misterio se resuelve mediante el ajedrez, don Arturo sitúa algunas escenas centradas en los personajes del cuadro. Estas partes 'históricas' son las más líricas de la novela, conteniendo fuertes sentimientos de un triste tempus fugit sobre el amor perdido. Pero no sólo en ellas aparece esa sensación, sino también en otros personajes de la trama actual, como el envejecido Belmonte (vendedor del cuadro), César (amigo y padrino de Julia) o Menchu (la fresca amiga de Julia, cuyo contraste redunda en la misma idea de belleza perdida).

La única pega que le puedo poner a la obra es su larguísimo final, donde en 30 páginas (casi un 10% del total) se nos explica paso a paso lo que hizo el asesino, dejando un por qué un tanto deslavazado.

La otra parte negativa es la adaptación de Jim McBride, una producción estadounidense de 1994 cuyo único acierto es la presencia de una jovencísima Kate Beckinsale (sí, la de Van Helsing y Underworld, aunque sorprende que a los 21 esté de peor ver que ahora, a los 38). Aunque una adaptación no es una copia, y así se entiende que dos personajes del libro se hayan reunido en un mismo personaje de la película, el film falla en el trasfondo histórico creado por Pérez-Reverte, y no transmite esa sensación de 'la vida se acaba'. Además, el que para mí es el mejor personaje de la obra (Muñoz, un oficinista cuarentón cuya única chispa vital se enciende frente a un tablero de ajedrez) ha sido sustituido en la pantalla por un joven que juega al ajedrez en el parque y lleva una horrible camisa hawaiana. Por si fuera poco, el tempo de la obra es desesperadamente lento. Resumiendo: lean el libro y olviden que hay peli sobre él.