Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania

De la pronunciación de Antagis


En algún momento relativamente temprano del desarrollo de Lüreon como entorno literario decidí que la forma de escribir las lenguas (incluidos nombres propios) viniera definida por la manera en que se pronuncian. Eso incluía que la relación entre una letra y su sonido fuera unívoca. De esa forma, en una palabra lúrea una g siempre se pronunciará como la de gato, y para escribir el sonido de gibón debo usar j.

Sin embargo, mi pronunciación del nombre de Antagis siempre ha contenido el sonido j. Debo decir que en un primer momento Antagis solo era un nombre en el boceto de mapa que dibujé para mis primeras partidas de Lüreon (con AD&D, ya ha llovido). Y usé la pronunciación usual en español para gi.

Al escribir Sonata de Mekania (en la que Antagis y sus habitantes tienen mucha importancia) decidí que debería ser consecuente, y que la forma «correcta» era pronunciarla con g. Por eso se da un extraño doblete con su gentilicio, «antaguisí». Llevaba demasiado tiempo viendo su forma escrita como para cambiarla ahora por Antajis. Y sin embargo, me seguía sonando raro pronunciarla «correctamente».

Y cuando les dejé caer a los jugadores habituales, medio en broma, que habría que cambiar la pronunciación, se alzaron voces contrarias a la medida. Exagero, por supuesto, pero sí es cierto que alguno dijo que no se iba a acostumbrar a esas alturas (buena parte de una campaña había tenido esa ciudad como marco). Y no recuerdo si fue mi querida Vaire o el jugador que más tiempo lleva en esa campaña (que resulta ser el fanboy oficial del Lüreon literario) quien dijo que debería inventarme alguna excepción para mantener las cosas como estaban. Para eso era yo filólogo, quiso decirme en pocas palabras.

Han pasado años, y al fin le pongo cierta solución al problema. Paseaba anoche con el perro y, como tantas veces en ese momento, barruntaba alguna escena sobre mi siguiente escrito. Decidí plasmarla con rapidez en la pantalla, y la comparto hoy por aquí.

No puedo decir que ese «siguiente escrito», al que de momento llamo Fuga de Proitos, esté ni siquiera en pañales. Siguiendo el símil, aún se encuentra en el vientre materno. Lo que comparto a continuación es tan solo el segundo fragmento que escribo (páginas 4-5, si tuvieran que ir seguidas en el orden en que son escritas). Pueden pasar años hasta que esto llegue a puerto. Por ejemplo, llovió mucho desde que escribí por aquí el soneto A Siras, en una entrada de mayo de 2014, hasta la publicación de Sonata de Mekania (octubre de 2017) donde aparece finalmente esa composición. La situación de Fuga de Proitos es, por cierto, muy parecida a la que describo en dicha entrada.

Sin más, les dejo con el fragmento.

–Para ser de Iginia, conoce bien mi ciudad, maese Arsëfanes… Arsen –se corrigió Tito con celeridad al sufrir la mirada de su patrón.

–Nací en Iginia, en efecto, pero viví algún tiempo en Antagis, durante mi infancia.

–Eso explica también que hable como uno de nosotros. Los de Iginia tienen un acento raro, y ni siquiera saben pronunciar el nombre de nuestra ciudad. O el de la suya, ya que estamos. Quiero decir –se rehízo el jovencito–, los de Iginia salvo usted, claro.

La sonrisa del patrón bastó para dejar claro que no había ofensa posible en las palabras de Tito. Pero la mueca quedó congelada en sus finos labios, y la mirada se paseaba, soñadora, por la fachada situada al otro lado de la calle. Quizá, supuso el antiguo mensajero, su patrón sentía añoranza por los años de juventud vividos en Antagis.

Cuando Tito ya pensaba que la conversación había muerto, Arsen volvió a hablar:

–Dado que Iginia es la sede del culto panalano, es posible que sean los habitantes de Antagis los que hablemos raro.

–Claro, y somos nosotros los que no sabemos pronunciar el nombre de nuestra ciudad…

El patrón soltó una carcajada que pareció sincera, aunque el hecho de que se tapara la boca con el dorso de la mano le restó autenticidad. Un gesto, en opinión de Tito, entre afectado y sugerente.

–Bueno, en las otras ciudades alanas se pronuncia como en Iginia. No se trata de pronunciar bien o mal, creo yo, sino de hablar de una forma particular. ¿No dicen en Antagis que la ciudad nunca cayó ante las invasiones de otros pueblos, y que sus gentes descienden de aquellas originarias de la región? Quizá eso afectara al desarrollo de la lengua en algún tiempo remoto.

–Entonces –interrumpió Tito–, eso confirma que somos nosotros los que hablamos como corresponde.

–En cualquier caso, pronunciamos Antajis –insistió Arsen, y forzó para ello la pronunciación antaguisí–, y lo mismo en Ijinia. Y sin embargo decimos Agros y… no sé… el nombre Genadio, por ejemplo. En otras ciudades son más consecuentes y pronuncian siempre el mismo sonido ante la misma grafía. La misma letra –añadió, al ver la mueca torcida que puso Tito.

El mozuelo se encogió de hombros.

–Ya sabe que nada sé yo de letras –dijo.

–¿Como que yo sé que tú…? ¿Quieres decir que no sabes leer?

–Por supuesto que no –insistió Tito, casi ofendido de que aquello fuera puesto en duda–. Si supiera, no hubiera podido formar parte de la Compañía Recadera. Es requisito indispensable.

–Como dijiste que ocupabas el puesto que había dejado tu padre al morir, pensé que se habría hecho una excepción contigo… Pero entonces, las compras que te he mandado hacer…

–La primera vez fui mostrando la lista que hizo usted hasta que di con uno que sí conocía las letras. Desde entonces le compró siempre a él. Y si no tiene de algo, me dice lo que es y entonces lo voy a buscar a otra parte.

–Pues ya no trabajas de recadero, muchacho, y yo necesitaré en algún momento que tengas ese conocimiento. Tendré que ocuparme de que aprendas.


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