Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania

Semblanza de Peristerio (repetición)

Gracias a sus comentarios de la entrada anterior, un servidor vislumbró una pequeña pista que le ha llevado a mejorar el texto que les presenté hace tres días. En primer lugar, el contenido de ese extracto va a ser el único que aparezca en ese primer interludio, dejando la otra mitad de la historia para el siguiente. Además, sobre todo, he modificado el punto de vista del narrador (aunque sigue siendo una narración en tercera persona, pasa a ser un narrador con "sentimientos", en lugar de uno "enciclopédico"), y el estilo pasa a ser directo (es decir, de diálogo). Aunque el texto ha aumentado su amplitud, he decidido colocarlo aquí completo para que puedan observar los cambios realizados; además, se lee más rápido que el anterior, así que no se agobien. Creo que, si se fijan, podrán ver la interesante reutilización de parte del texto. Ya saben que sus comentarios siguen siéndome muy útiles.


El crío corría por la pequeña arboleda, ignorando las ramas que le azotaban el rostro; seguía un recorrido aleatorio, esquivando los escasos árboles que encontraba y, con suerte, también los espinosos matorrales. Veía un fulgor unas varas más adelante, que sería con seguridad una hoguera de algún viajero. Efectivamente, de repente, con una absoluta falta de continuidad, llegó a un claro, y la fuerte luz de un gran fuego le iluminó la cara. En el ímpetu de su carrera y cegado por el resplandor, tropezó con una pequeña piedra y cayó de bruces. Cuando consiguió levantar la faz del suelo, manchada de savia y tierra seca, contempló lo que tenía a su alrededor. Un carromato de vivos colores se encontraba a su izquierda, del lado del camino, y el que debía ser su tiro, un viejo percherón ceniciento, estaba atado en su parte trasera. Más importante, un cincuentón seía sobre un tocón, frente a él, mirándolo con la boca abierta y el negro bigote salpicado de guiso. Aunque el joven no podía saberlo, era uno de esos cirujanos ambulantes que lo mismo quitan una muela como recortan una barba.
– Pero... ¡Menudo susto me has dado, chico! ¿De dónde sales?
Por toda respuesta, miró asustado tras de sí, y fue a refugiarse a espaldas del hombre.
– ¡Oye! ¿Qué diablos pasa? ¿De qué huyes? – el hombre trataba de sacarse al chaval de detrás sin caerse de su estrecho asiento o, al menos, de mirarle a la cara mientras le hablaba.
– Del molinero.
– Mira, chico, esto a mí no me incumbe, vete a apañártelas con el molinero o pídele ayuda a tu santo padre.
– Vos no conocéis a mi padre. Es un bebedor y un pendenciero.
– No será el ogro tan verde como lo pintan.
– No sabe hacer otra cosa que darme con el cinturón. ¿Qué os parece eso?
– Por algo lo hará, chico. Escucha, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres?
– Soy Peristerio de Piedrabuey.
– Vale, yo soy Einiano. ¿Y se puede saber por qué corrías huyendo del molinero a más de una legua de tu aldea? – y ante el silencio del chico, continuó –. No tendrá nada que ver con mi actuación de hoy allí, ¿verdad?
– Mirad, Einiano, mi padre es el molinero – la cara de Peristerio ni se inmutó con semejante mentira.
– Que tu padre es... ¡Ah! Leche, haberlo dicho antes, menudo lío. Igualmente, ¿por qué huías de él?
– Como bien habéis dicho, parte de la culpa es vuestra. Quiero decir, os vi hoy en Piedrabuey, y quería unirme a vos, para escapar de ese sitio, y él, claro, se negó. Tuvimos una discusión, y me pegó, como siempre, así que salí corriendo. Me persiguió al menos durante algunas varas – Peristerio iba mejorando su historia, entrelazando una parte de verdad: Ḷarät, el molinero, sí le había perseguido, con un viejo sable en una mano y su hija sujetándole de la otra, suplicando que le dejara y convencida de su amor, de su lealtad y de su virtud incorrupta.
– De todas formas debes volver con él. Más vale que te sonrojen el trasero de vez en cuando que quedarte sin poder volver a un hogar, así tan joven. ¿En qué año naciste?
– No lo sé.
– ¿Cómo que no lo sabes? ¿No sabes la edad que tienes?
– 12 ciclos.
– Pareces mayor, por tu soltura. Si tienes 12, naciste en el Ciclo de los Soles 5018; o en el Año del Emperador 1495, que para el caso es lo mismo. Por tu cara veo que no sabes ni de qué te hablo. ¿Pero qué es lo que os enseñan en la escuela de Piedrabuey?
– Nunca fui a la escuela. Mi padre decía que necesitaba mis brazos para acabar el trabajo de cada jornada.
– ¿Y tampoco te enseñaron nada en casa?
– Mi madre murió durante su único parto; el mío, claro. Y mi padre pensaba que debía pasar mi vida atado a ese... molino, como él – esta vez era todo verdad, salvo por un detalle; escapar del pedazo de tierra que heredaría de su padre era el motivo por el que se había fugado, dos octanas atrás, aunque únicamente había llegado hasta el molino, que distaba algo menos de una legua de su casa.
– Me asombra cómo es posible que en este lugar, bajo el gobierno de la espléndida ciudad de Mecania, cuna de inventores e ingenieros, pueda eliminarse de un plumazo la educación de un espléndido jóven como tú.
– ¿Y vos? ¿Cómo es que estáis aquí?
– Mi querido Peristerio, si de verdad acabas viniendo conmigo, una de las primeras cosas que debes aprender es a tener todo listo y recogido cuando caiga la noche, para poder salir del pueblo cuando hayamos acabado. Nuestra ciencia aún ignora las causas de muchas enfermedades, y no existe curación para todos los males, así que, en ocasiones, alguno de los que pasan por nuestras manos acaba muriendo. Si las autoridades te acusan de haber tenido parte en su muerte, no serías el primero en patalear con una soga al cuello. Así pues, hace tiempo que adquirí la rutina de dormir con la parte inferior de mi carromato como único techo, y la rigidez de la manta sobre el duro y frío suelo por camastro.
De repente, en ese corto silencio que sobrevino, las tripas de Peristerio rugieron. Y era normal, pues había pasado dos octanas escondido en el pajar del molino gracias a la hija de Ḷarät, alimentado con sobras del día anterior que ella le llevaba y calentado en las noches frías por el cuerpo de, como ya habrán adivinado, la misma joven. Era extraño que no hubiera caído enfermo, pero el hambre tiempo ha que le acuciaba.
– Toma, anda, coge un currusco y rebaña lo que queda del guiso – dijo Einiano, riendo.
Así fue como comenzaron su vida juntos, pues en verdad hicieron buenas migas, a pesar de que al estómago del joven le hubiesen venido mejor platos de mayor enjundia.
Fueron dos los ciclos que Peristerio pasó con el cirujano–barbero. Dos años maravillosos dedicados a viajar de pueblo en pueblo por las provincias del Imperio de Braer y por las naciones a ellas limítrofes, aprendiendo de sus gentes y absorbiendo lo mejor de sus culturas, con la única obligación de ayudar al cirujano en las tareas que le encomendase, que eran sobre todo preparar el sencillo entarimado en la plaza de cada aldea y estar atento durante su trabajo para entregarle los útiles que necesitase. Entre otras cosas, el joven aprendió algo de culturilla, alimentada por su ingenio natural; también un poco de herbología, para poder hacer remedios; a construir sencillas trampas por la mañana para, con suerte, darse una buena cena; y, por supuesto, a aliviar callos y sabañones, limpiar y cerrar feas heridas, afeitar y arreglar barbas, y lo que podríamos denominar higiene dental (que básicamente podría resumirse en 13 palabras: coger con unas tenazas pequeñas el bulto negro e informe y tirar fuerte).
Sin embargo, Peristerio de Piedrabuey necesitaba algo más. Y Einiano no se lo podía dar.

7 comentarios:

  1. Ahora sí, esta vez me ha dado la sensación de estar dentro de la escena y la visualización que tenia de ella era mejor, casi no me he dado cuenta de que llegaba al final (ya sabes que los diálogos me enganchan mucho), también me ha gustado la forma en que dices que Peristerio sigue su camino en solitario.
    Creo que mi "veredicto" es que está genial, ahora la segunda parte...

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  2. Ahora sí me creo lo que dices, después de las malas críticas recibidas por lo anterior :-)
    Y respecto a la segunda parte, tendrá que esperar a que haga los dos capítulos que hay entre ambos interludios. ¡Maximiliam está a punto de aparecer!

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  3. Cada vez me cae mejor el Tito Peris.
    Vilem aprueba esta redacción.







    ¡¡Viva Maxi!!

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  4. Eres parco en palabras... pero no en líneas en blanco, ¡nada menos que 7!

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  5. Me ha molao la verdad, me ha recordado mucho a varios momentos de cancion de hielo y fuego, y que quieres que te diga, genial y ansioso de la 2º parte :D!

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  6. Fíjate a que hora escribí el mensaje y entenderás mi comentario lacónico.
    Ahora te digo. Lo he disfrutado mucho. Me encanta el rollo picaresco que lleva Peristerio, y espero de veras montar la editorial que te dije para forrarm... para forrarnos.



    :D

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  7. Una vez más, muchas gracias a todos.

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