Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania

Reseña: El cántico de los saurios

Para terminar con la reseña de la trilogía, que empecé con El tatuaje azul y seguí con El espolón del wyvern, paso hoy a comentaros las risas que me eché mientras leía la conclusión, El cántico de los saurios.

Si la segunda entrega de la serie constituye un respiro gracias a la aparición de Giogi Wyvernspur, esta tercera novela retoma todos los personajes de El tatuaje azul en todo su ¿esplendor? La historia comienza con una revisión de la sentencia ejercida sobre el Bardo Innominado.
¿No sabéis de lo que hablo? Se explica fácil: Había una vez un bardo perteneciente a la organización de los Arpistas que utilizó sus dotes mágicas para crear una suerte de clon que cantara por siempre sus canciones. Sin embargo, el nuevo ser se rebeló, mató a uno de los alumnos del bardo y dejó a otro herido (quedando sin voz y suicidándose por eso poco después). Tan horrible les debió parecer la cosa a los Arpistas que encerraron al bardo en una prisión planar para siempre jamás, y borraron su nombre de cualquier registro, prohibiendo sus canciones.
¿En serio? Después de dos libros diciéndonos que el Bardo Innominado había hecho algo horrible, ¿me sales con eso?

Corriendo el estúpido velo nos encontramos con una pequeña cagada en la traducción de los libros anteriores, que han intentado arreglar espantosamente. En el primer libro aparece la Piedra de Localización (en inglés, Finder's Stone). En el segundo aparece el nombre verdadero de Innominado, Mentor Wyvernspur (en inglés, Finder Wyvernspur). En este tercer libro descubrimos que el creador de la piedra es el propio Mentor. Frase de uno de los personajes: "¡Ah, claro! Mentor, el que guía, y Piedra de Localización. Tendría que haberlo sabido" (!!!!!!)

Olvidemos ambos datos, y centrémonos en la trama. Básicamente, la historia se reduce a unas 200 páginas para reunir a los ochos personajes (dos que huyen de los asesinos, otro que simplemente ha escapado de la prisión,...), y luego otras cincuenta para hacer aquello a lo que parecen destinados. ¿De qué se trata? Así por encima, de destruir a Moander, dios de la podredumbre. Su carcasa en los Reinos fue destruida un año atrás con el fuego de un dragón. Y ahora llegan estos payasetes y pretenden destruirla de nuevo, y luego viajar al Abismo para acabar con su esencia. Así, sin más ni más.
Por supuesto, tenemos que volver a aguantar la mole de plantas en descomposición, con sus zarcillos acabados en bocas y ojos, y sus intenciones de 'tragarse' a gente que acaba encontrando la manera de destruir al ente desde su interior. Yo diría que la carcasa mortal del dios tiene un ligero fallo de diseño.

Y así, con una basura que parece una repetición del primer libro se acaba la trilogía. Las referencias al mundo de los Reinos Olvidados son escasísimas.
Eso sí, nos dejan una perla final. El que tan horrible crimen había cometido, y a pesar de ser un maltratador infantil casi reincidente, acaba absuelto de sus pecados al eliminar la esencia de Moander. De hecho, al parecer Mentor (Finder) queda como un ente semidivino, pues ha absorbido parte de la energía del dios. Sus hazañas continúan en un par de libros que no tengo intención de leer (Finder's Bane y Tymora's Luck), así como también sigue la historia de Alias y compañía en una secuela por los mismos autores, Masquerades.

Resumiendo, recomiendo leer únicamente la segunda entrega de esta trilogía (El espolón del wyvern), que a pesar de sus fallos es la mejor de la serie. Las referencias a la novela anterior están bien explicadas y nadie se pierde nada por no leer las otras dos, que es mejor ignorar.

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