Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Reseña: Onmagiër

W. J. Maryson es el pseudónimo de Wim Stolk, holandés nacido en 1950 que comenzó su carrera artística pintando retratos y paisajes de fantasía. Antes había ocupado un puesto gubernamental, y más adelante creó una agencia de publicidad. En 1995 publicó una novela de fantasía llamada Mago Maestro - la primera espada: Sperling, primera de una serie de seis (Meestermagiër) que no ha sido publicada en castellano. En 1996 creó una banda de rock sinfónico, Maryson, cuyos temas se centraban justamente en los tomos de esta serie de novelas; publicaron dos álbumes, correspondientes a los dos primeros libros. En 2002 se publicó la primera novela de Onmagiër, nueva serie de novelas (esta vez la seguirían sólo dos, publicadas en años sucesivos) que sería traducida al inglés en 2010. Después de escribir otras dos novelas pertenecientes a una nueva serie (De Grote Legende), Stolk/Maryson murió en 2011.

La traducción española de Onmagiër llega a partir de la inglesa. En esa versión se ha traducido como Unmage, lo que es muy lógico. Me resisto a usar, por tanto, el nombre de El No Mago, que es el que se le ha dado en castellano, porque me sería mucho más fácil entender El Inmago, creando así el neologismo específico que merece.

El primer libro de Onmagiër, llamado Las torres de Romander, logra transmitir la existencia de un mundo completo. El parecido con Terramar, el universo ficticio creado por Ursula K. Le Guin es obvio, no sólo en el mapa que acompaña a las historias, o en su argumento basado en la existencia de algo intangible que va destruyendo el mundo, con su punto de mira situado, precisamente, en los usuarios de magia, sino también en cosas menos evidentes como el título de algunos capítulos (como La costa más lejana) o la importancia de los nombres de los personajes. Por supuesto, que un personaje nazca sin magia en un lugar donde todo el mundo la tiene en mayor o menor medida (la isla de Loh), también recuerda a La espada de Joram, pero en este caso ahí acaba el parecido.

Las torres de Romander, decía, logra mostrar un mundo completo, con cierta profundidad. Por ejemplo, con la descripción del tipo de duelo llevado a cabo en la isla de Quym y un par de pinceladas más, uno ya sabe cómo son sus gentes. La lectura se hace muy rápida gracias a los cortos capítulos que conforman la novela, aunque la pega es que suceden pocas cosas: la narración salta diversas veces entre los personajes para mostrarnos la situación previa de todos ellos y al que claramente es su personaje principal lo tenemos en escena mucho menos de lo que nos gustaría. Además, la cantidad de información proporcionada por sus compañeros se nos da a cuentagotas, pero de una forma un tanto brusca: un personaje empieza a explicar algo de su pasado, o referente a lo que buscan, y de repente se interrumpe, dejando al lector con la miel en los labios. Eso sí, las descripciones son muy plásticas, casi pictóricas, y el manejo de los colores para representar sensaciones es digna del trasfondo de su autor.

La segunda novela, Los abismos de Lan-Gyt, sigue la línea de la anterior, aunque se agravan algunos defectos. Las transiciones entre capítulos no están demasiado bien tratadas, y la aparición del que parecía personaje central se va reduciendo cada vez más. La historia se centra en desarrollar otros aspectos mucho más lentos, como la traición de un Alto Myster o las disputas en torno al trono de Romander. Por si fuera poco, los momentos «oníricos», en los que uno de los personajes vive una experiencia mágica o paranormal, se van ampliando excesivamente, haciendo que la historia sea más lenta, flojeando allí donde la anterior brillaba.

La tercera historia, El señor de las profundidades, no hace más que agravar estos problemas: multitud de momentos de ensoñación y aparición de personajes y escenas que no tienen ninguna importancia en el desarrollo de la historia (¿qué importa quién tenga el control de Romander, si lo que está en juego es la existencia misma del mundo?). Además, los pequeños textos que se situaban al inicio de cada capítulo, con citas o fragmentos de libros propios de la ambientación, se alargan hasta mostrar historias por sí mismas, lo cual queda un pelín raro, cuanto menos.

Resumiendo: una historia que, sin ser excesivamente original en su planteamiento, es tratada con muy buenas manos en un primer libro brillante por su ligereza. Pero todo queda en agua de borrajas con un final de serie lento y aburrido.

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