Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

De sexo, violencia y lenguaje


La pasada semana mi amigo Juan, el mismo que no ha mucho cuestionaba mi derecho a reseñar, me asaltó a la hora del café de la tarde con otra de sus dudas existenciales.

–Oye, pero eso de Lander –me dijo, como si un libro fuera un eso extraño–, no pretenderás que se lo lean los niños, ¿verdad?

«Ni las niñas», pensé para mí, aunque no me molesté en decírselo. Tampoco expresé en voz alta que la fantasía no está en sí misma dedicada a un público infantil; ni siquiera juvenil, según el caso. En su lugar, y como ya sabía a qué se refería, me interesé por cuánto había avanzado en su lectura.

–He acabado el cuarto relato –respondió, y confirmó así mis sospechas.

El cuarto relato cierra esa suerte de novela corta que se incluye al inicio de la antología y cuyas ochenta páginas ya compartí por aquí. Y en efecto, al final del cuarto relato hay una escena de sexo explícito. No pude elidirla, ni tampoco describirla de forma metafórica, ya que en cierta forma el acto es un sacrificio a un ente sobrenatural. Y tiene importancia para el conjunto de la antología, aunque eso no se le descubra al lector hasta el último relato.

Pude decirle eso. O también pude contarle que como referente tenía ese encuentro que Conan, el de Schwarzenegger, tiene con una bruja en medio de la Ciudad Encantada de Cuenca, pero que en un libro un par de empujones teñidos de fogosidad no dan el pego.

En lugar de eso, opté por algo un poco más agresivo.

–En el primer relato –empecé a explicarle– un guardia fronterizo se convierte en mórtido como consecuencia de una mordedura, uno de sus compañeros lo atraviesa de parte a parte con la lanza y el capitán le hiende el cráneo y riega con sus sesos las paredes. En el segundo relato aparecen las conversaciones entre dirigentes y diplomáticos de diferentes pueblos durante el momento de mayor esplendor del reino de Aorista, por lo que usan un lenguaje bastante decorado; en algún personaje, incluso rebuscado. En uno de los actos bélicos descritos en el tercer relato un grupo de refugiados acaba aprovechando en su favor el muro de cadáveres que se ha formado a su alrededor por los combates previos. ¿En qué momento –pregunté al fin– te diste cuenta de que no era una lectura infantil?

Juanillo se tomó el café y se fue, aunque no dejó de murmurar entre dientes. Yo aún sigo preguntándome por qué aplicamos ese doble baremo. ¿Nos hemos insensibilizado ante los actos de violencia? ¿O es que seguimos siendo esclavos de la mojigatería?

4 comentarios:

  1. Siempre ha sido así. Cuando yo era niña, mis padres no tuvieron ningún problema con que viera "Parque Jurásico" a los nueve años, pero no me dejaban ver "Pretty Woman". He perdido la cuenta de las veces que acabé acojonada y con pesadillas por ver escenas violentas, crueles o sangrientas en la tele de casa de mi padre o de mi abuela, que la tenían encendida todo el santo día. Eso sí, como apareciera una escena de sexo en la pantalla, a cambiar de canal inmediatamente.

    Personalmente, nunca dejo que mi hija vea violencia, ni siquiera en el telediario. Tampoco la dejo ver sexo explícito, pero porque es muy pequeña para comprender lo que es. Y desde luego, si puedo elegir, prefiero que vea un polvo a que vea un descuartizamiento. De pequeñita nunca me traumatizó ninguna escena de sexo, pero sí lo hicieron las de violencia. Así que estoy actuando en consecuencia. Qué pena que haya tanta gente para la cual un polvo es peor que un asesinato.

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    1. Eso es justamente lo que quería expresar al lanzar esas últimas preguntas.
      En mi caso creo que no hubo ningún «filtro infantil», y yo veía las mismas películas que mis padres. Aunque sí que recuerdo alguna que otra explicación atropellada cuando, con mi inocente curiosidad, preguntaba algún detalle que no entendía, lo que a veces ponía en un buen brete a mis padres.
      Gracias por el comentario, Estelwen.

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  2. El señor Martin ya lo comentó en una entrevista, que si haces una descripción realista de un hachazo en la cabeza no pasa nada, pero si lo haces de un coito se te tiran al cuello. Tienes razón, que sea fantasía parece que está relegado a un público infantil o juvenil cuando no es así.

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    1. En efecto, y a pesar de los éxitos cosechados fuera de su contexto habitual, tanto en lo literario como en lo cinematográfico el género fantástico sigue siendo considerado por muchos como parte de la literatura infantil-juvenil.
      Lo extraño es que esto no pasa tanto con los géneros que suelen agruparse con la fantasía, como la ciencia ficción o el terror.
      Gracias por la visita, Rolero Rural.

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