Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Huidiza inspiración

Finalmente, estos breves días de lluvia han acabado por marcharse. El sol evapora los restos de agua de esta amalgama de asfalto y ladrillos que llamamos ciudad. Con suerte, un tanto más limpia; ojalá fuera tan fácil eliminar la necedad y la hipocresía.
Sin embargo, al mirar por la ventana se echa de menos el incesante goteo, y las finas líneas que deja el agua en su caótico recorrido. La taza de humeante café nada significa ya para mí. El teclado yace inerte en la mesa, ensangrentado pero nunca vencido. La pantalla parpadea con información que nada tiene que ver con lo que ayer vislumbraba mi siempre fértil imaginación.
El momento de máxima inspiración ha pasado... La idea sigue ahí, dentro de mi cabeza, así como las ganas, pero sacarla a la luz es tan costoso en tiempo, que debo postergar una vez más esta loca dedicación mía para un momento más adecuado.
Brillará el sol en lo alto, pasarán largos días sin nubes en el cielo, y, si los hados y las musas lo permiten, seguiré escribiendo.

1 comentario:

  1. Ya se que no puedo ser demasiado objetiva y que siempre digo lo mismo... Hoy solo diré que después de leer esas breves líneas me ha invadido una tranquilidad (como cuando llegas a casa y te derrumbas en el sofá sabiendo que no tienes nada por hacer) acompañada de ansia (por leer más).

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