Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Muntanyes de Romeu

Siguiendo con nuestros "paseos", a finales del pasado mes de mayo, mi querida Eva y yo nos dimos "un pequeño garbeo" por los montes cercanos a Sagunto. El calor hizo bastante mella en nosotros, ya que el sol apretó mucho ese día, y aunque íbamos con agua, resultó ser insuficiente.
Nuestro primer objetivo era una pequeña torre, resto aislado de una antigua masía (llamada 'de Ros') cuya parte superior asoma en la siguiente imagen por entre los naranjos (por encima de la gorra de Eva). De allí pasaríamos al 'Pic dels Corbs' (Pico de los Cuervos), que es el último monte a la derecha (aunque el recorrido no es el que se ve aquí, que es una cantera, sino el posterior). Allí habíamos pensado almorzar, y luego continuar el camino en dirección oeste y suroeste, hasta llegar a una zona de edificios que había visto en el mapa de Google.


Esto es lo que queda de la 'Masía de Ros'. Aquí sucedieron dos cosas raras. Una, que había una pareja de abuelos, ella cogiendo algún tipo de hierba, y él, que llevaba muletas, descansando a la sombra; la verdad es que no sé muy bien cómo llegaron, porque aquello estaba todo repleto de maleza. Y dos, que por el suelo encontré dos diccionarios de inglés-español y uno de lengua castellana, a varios metros unos de otros; intrigante.


Desde el camino, una vista a lo que habíamos dejado atrás, con Sagunto al fondo y el castillo de Murviedro en lo alto.

Este es de nuevo el 'Pic dels Corbs', visto desde su lado oriental. La subida empieza a la derecha, más o menos donde está la torreta de clabeado eléctrico.


Ya en la cima, aprovechamos para descansar un rato y almorzar.


El calor comenzaba a apretar, y casi habíamos agotado el agua. ¡Lo que nos esperaba! Para comenzar, debíamos bajar parte del último tramo, y volver a subir hacia el monte que se ve al fondo de la siguiente imagen.


Eso sí, las vistas desde allí son impresionantes. Por el noreste, las poblaciones de los valles (Faura a la izquierda) y Almenara.


Esta es una buena imagen de la cara oriental del pico. Al fondo, aunque en la foto no se aprecia con claridad, es visible Valencia capital.


Durante los siguientes kilómetros, no fuimos capaces de sacar la cámara ni una sóla vez. El calor y la sed eran horribles, y lo único que hacíamos era caminar y caminar, dispuestos a cumplir nuestra meta costara lo que costara. Yo animaba a ratos a Eva, y luego cambiábamos las tornas. Ascendimos tres veces y descendimos otras tantas, siempre en línea recta y siguiendo las marcas blancas y amarillas que indicaban que seguíamos uno de los senderos de pequeño recorrido. Finalmente, agotados, llegamos al punto más alto de las 'Montañas de Romeu'.


Se suponía que habíamos logrado lo más difícil, y que a continuación solamente teníamos que descender. Sin embargo, el camino, que tendría que haber sido mucho más fácil, era al parecer usado por motos, y estaba formado por grava suelta sobre tierra apisonada, lo que nos obligaba a ir muy despacio. En cierto punto, me decidí a bajar del monte por una senda lateral, ya que mi sentido arácnido de orientación me decía que la zona urbanizada que había visto en el mapa se encontraba al este, justo a nuestra derecha. Así pues, tras convencer a Eva (que después de tantas demostraciones sigue sin fiarse de mí, incomprensiblemente), seguimos un pequeño sendero que correteaba entre los pinos, hasta llegar a... ¡un colegio! Sí, allí, en medio del monte. Un colegio privado al que, al parecer, había ido una amiga de Eva. Eso era justamente lo que yo había visto en el mapa. La suerte es que no estaba vallado hacia el exterior, así que entramos como si aquella fuera nuestra casa. Le preguntamos a un tipo (que debía ser el profesor de inglés, por el acento) dónde podíamos llenar la cantimplora, y nos dimos un atracón de agua y de sombra, que falta nos hacía.


Que sí, que sí, un colegio. Ni más ni menos. Después de estar andando cuatro horas por el monte.


Después de salir de allí tocó caminar durante al menos otra hora para llegar a casa, retomando la Via Augusta, con de cuyos señalizadores me hice fotografiar. Por darme un gusto.

Eso sí, para llegar a ese punto, tuvimos que cruzar una carretera, pero lo hicimos por debajo.


Y ya en casa, bien limpitos, hidratados y alimentados, pudimos disfrutar de otra de esas imágenes que sólo Sagunto sabe dar. Este atardecer, un libro en la mano, y el olor hogareño en compañía de mi querida Vaire. No hay nada mejor.


Nota: La última imagen es un fake, no es el atardecer de ese día, sino el amanecer del siguiente. Pero os aseguro que la foto está hecha desde mi terraza, eso sí es cierto.

1 comentario:

  1. Bueno, Ragna, te devuelvo la bienvenida. Gracias por 'seguirnos'.

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