Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

eSdlA, peli vs libro, I-8: Niebla en las Quebradas de los Túmulos


Una vez más, nos centramos en uno de los capítulos de El Señor de los Anillos, el octavo.

En el libro:

Después de pasar de nuevo la noche en casa de Tom Bombadil, los cuatro hobbits reinician el viaje en sus poneys. Poco a poco van superando las lomas quebradas que se extienden a lo largo de su ruta: «estaban coronadas de montículos verdes y en algunas había piedras verticales que apuntaban al aire, como dientes mellados que asomaban en encías verdes».

En una hondonada, los viajeros se sientan a descansar para comer, apoyándose sobre una piedra erguida en el centro. Pero «despertaron de pronto, incómodos, de un sueño que no había sido voluntario». El sol ya está bajo, y la niebla y el frío los rodea. Comienzan a andar hacia el este, en la dirección de un camino que vislumbraron horas antes.

Frodo, que va el primero, descubre de repente que los otros no le siguen y que tampoco responden a sus llamadas. Vuelve atrás y empieza a dar vueltas, y se dirige hacia el lugar donde cree oír gritos. Es, naturalmente, uno de los túmulos. Una figura alta y oscura, de ojos fríos, le aprieta «con una garra más fuerte y fría que el acero. El contacto glacial le heló los huesos y ya no supo más».

Al despertar, tendido en el interior del túmulo sobre una piedra, con las manos cruzadas, descubre a sus tres compañeros, echados junto a él, vestidos de blanco, pálidos, y rodeados de tesoros. El Tumulario avanza hacia la espada apoyada sobre el cuello de Sam. Tras sobreponerse a las ganas de usar el Anillo y huir en solitario, Frodo golpea la mano del ser con una de las espadas cortas que estaban junto a él, y a continuación recuerda los versos de Tom Bombadil. Éste llega al túmulo, y expulsa a su oscuro morador con una canción.

Luego, Bombadil traslada el tesoro a lo alto del túmulo, y despierta a los otros hobbits con otra canción. Finalmente, mientras se reponen a la luz del nuevo día, corre a buscar a los poneys, incluyendo uno para él, pues los acompañará hasta que dejen sus dominios. El tesoro queda en el lugar para romper el maleficio, y que ningún otro tumulario lo ocupe, pero él toma un broche para Baya de Oro y una daga larga para cada hobbit. Tras algunas horas de cabalgada, Tom los despide, aconsejándoles que se refugien en la posada de El Poney Pisador, en Bree (cuarta taberna nombrada en el libro).


En la peli:

¿Los tumuqué? ¿Tom Bombaquién? {Tranquilos, es la última vez que utilizo esta broma}.

Como ya hemos comentado, Bombadil y Baya de Oro quedaron fuera de la adaptación, y eso hizo que nos perdiéramos el Bosque Viejo, el Hombre-Sauce (subsanado a medias, pues metieron una escena parecida en Fangorn), y ahora también los Túmulos y sus simpáticos ocupantes.

Lo gracioso es que en la peli es Aragorn quien les entrega los puñales, aunque debió de encontrarlas en algún escondite perdido en la Torre de los Vientos.

El capítulo no es que tenga un interés abrumador para el desarrollo de la trama, así que eliminándolo tampoco nos perdemos demasiado. Sin embargo, debemos reconocer que en este punto las aventuras hobbíticas han sido totalmente esquilmadas, así que no deja de quedar un regusto agridulce.

El próximo día veremos a quién conocen los hobbits Bajo la enseña del Poney Pisador.

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