Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

eSdlA, peli vs libro, III-8: El camino de Isengard


Retomo esta serie de resúmenes comparativos entre El Señor de los Anillos y su adaptación cinematográfica. Hace ya un año que empecé este «proyecto» (por llamarlo de alguna manera). Pensaba que a estas alturas ya lo habría terminado, pero me gusta ir variando los temas de las entradas (salvo alguna «semana temática») lo que, unido a mi mala costumbre de realizar rachas de muchas entradas seguidas por muchos días sin actualizar, ha logrado alargar el tema. Tampoco es que vaya a cambiar ahora mi forma de llevar este sitio, pero lo aclaro por si a alguien se le hace ya muy pesada la serie.

Sea como fuere, el capítulo 8 de Las Dos Torres continúa justo donde quedó El Abismo de Helm: los orcos de la Mano Blanca han huido de la batalla para desaparecer bajo la sombra de los árboles de Fangorn.

En el libro:

Los héroes se reúnen en el prado a orillas de la Corriente del Bajo: Théoden, Gandalf, Aragorn, Legolas y Erkendrand por un lado, y al poco aparecen Gamelin, Eomer y Gimli. Éste «no llevaba yelmo y una venda manchada de sangre le envolvía la cabeza; pero la voz era firme y sonora. -¡Cuarenta y dos, maese Legolas! -gritó-. ¡Ay! ¡Se me ha mellado el hacha! El cuadragésimo segundo tenía un capacete de hierro». Todos creen que es Gandalf quien ha llevado el bosque hasta allí, pero él lo niega, y recita sobre el verdadero responsable unos enigmáticos versos (aunque el lector sabe que se trata de Bárbol). El mago insiste en acudir a Isengard para hablar con Saruman, y Théoden escoge a une veintena para que, después de un descanso, les sirvan de escolta.

Aunque ningún orco quedaba con vida en la fortaleza, «muchos de los montañeses se habían rendido, atemorizados, y pedían clemencia». Erkenbrand lo desarma y los pone a trabajar, perdonándoles la vida si juran no volver a Rohan en pie de guerra. En el campo de batalla se preparan dos túmulos, uno para los jinetes de los Valles del Este, y otro para los del Folde Oeste. «En una tumba a la sombra de Cuernavilla, sepultaron a Háma, capitán de la guardia del Rey. Había caído frente a la Puerta». Los cadáveres de los orcos se amontonan en grandes pilas, no lejos de la linde del bosque.

El grupo marcha hacia el bosque, y avanza por un camino junto a la Corriente del Bajo. A Gimli no le gusta la presencia sobrenatural de los árboles, y Legolas trata de tranquilizarlo. «Me hubiera gustado poder detenerme un momento ahora y pasearme entre ellos; tienen voces y quizá con el tiempo llegaría a entender lo que piensan». Pero Gimli sigue prefiriendo otros lugares, y le describe al elfo las Cavernas Centelleantes de Aglarond, que los rohirrim tratan como simples refugios y depósitos. Legolas le ofrece regresar cuando la guerra acabe, y contemplar juntos Fangorn y el Abismo de Helm.

Atraviesan los Vados del Isen y se acercan al Nan Curunir, el valle donde se encuentra Isengard, cuando se detienen a hacer noche. La narración corta para describir el amanecer en Cuernavilla, donde los rohirrim se encuentran con que el bosque ha desaparecido de nuevo, dejando una gran colina de piedras, que luego sería conocida como la Quebrada de la Muerte.

Los jinetes alcanzan a mediodía Isengard, y el texto nos deleita con una descripción completa de cómo era antes de la llegada de Saruman, y de cómo el mago la fue transformando. Finalmente, de nuevo bajo la óptica de los héroes, se describe el efecto de la pasada noche: las puertas arrancadas, piedras desmenuzadas por doquier, agua y humo ocupando el anillo interior, arcones y barriles flotando despedazados. En un gran montón de escombros se encuentran dos figuras pequeñas, descansando tras una comida: Meriadoc y Peregrin, naturalmente, quienes les dan la bienvenida de parte de Bárbol.


En la peli:

Al contrario de lo sucedido con el capítulo anterior, donde la batalla descrita se extiende como mantequilla sobre demasiado pan para ocupar más de media película, este episodio sólo se trata brevemente.

En la escena El recuento final aparece una pequeña gracia de nuevo a costa de Gimli, que aquí no ha sido herido. Lo que no entiendo es qué conoce un enano de la Tierra Media sobre el sistema nervioso, ni por qué en lugar de 41-42 han quedado 42-43 (alguno pensará que eso es sacar demasiada punta, pero si no tiene importancia, ¿a qué ese cambio?). Por otro lado, de la frase de Gimli en el libro sobre que el último que mató llevaba un capacete de hierro, podemos deducir que el aspecto de los uruk-hai de la Mano Blanca, con sus armaduras fabricadas en serie, se aleja bastante del imaginado por Tolkien. Y, por cierto, nada se dice tras la batalla de los montañeses que aterrorizaban las aldeas rohirrim, y tampoco de las bajas. Aunque la muerte que más lamenta Théoden es la de Háma, que en la peli ocurrió en el asalto de los huargos.

El final de la segunda película se acelera, y poco más se dice de este episodio. En la primera parte de la escena titulada "La batalla por la Tierra Media no ha hecho más que comenzar", vemos al grupo de jinetes (con el cambio Eomer > Gamelin) plantados hacia el distante futuro, mientras Gandalf suelta una perorata.

Para terminar correctamente este episodio debemos irnos a la tercera entrega de la adaptación. En concreto a la tercera escena, La ruta hacia Isengard, con algo de rodaje extra en la edición extendida. Contiene buena parte del diálogo que se produce al encontrarse los jinetes con Merry y Pippin, aunque aquí los hobbits sonn algo más toscos y están bebidos. La adorable rusticidad con que los retrata Tolkien transformada en mera grosería.

En cualquier caso, la impresión que me queda es que este capítulo fue bastante ignorado. Consecuencia, supongo, de alargar la batallita de marras.


El próximo día veremos Restos y despojos.

2 comentarios:

  1. Cuando vi la película por primera vez, tenía ganas de ver si habían incluido la conversación entre Legolas y Gimli, cuando el elfo -y el lector- se da cuenta de que a los enanos no les falta sensibilidad. Hubiese sido una forma de devolverle algo de dignidad a un personaje que Peter Jackson condenó a no ser nada más que un alivio cómico. Y me pareció una lástima, porque ese pasaje se cuenta entre mis favoritos del libro.

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    1. Coincido, amigo Cronista. En la adaptación Gimli es una suerte de caricatura enanil. Y, ojo, no pasaría nada si sobre ello se hubieran construido detalles épicos que lo equipararan a Legolas o Aragorn. El problema es que cuando debe brillar, como aquí, el guión esquilma esa parte del personaje.
      El pasaje no es sólo muestra de la sensibilidad de los enanos, si no también, una vez más, del buen arte de Tolkien, que es capaz de transmitir en el texto el estado ilusionado y soñador del personaje.

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