Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania

Casas de la Muerte

Cada ciudad, pueblo o villa de Faÿr tiene un cementerio donde se entierran los seres queridos, o al menos un lugar donde se venera a los antecesores. Los fersos dejan las urnas con los restos de la incineración, los duergos encierran los cadáveres en sarcófagos de piedra, los albos hacen viajar a sus fallecidos hacia el Mar Océano,... Y en cada uno de estos lugares, sea junto a un templo, o como un edificio aislado, existe una Casa de la Muerte.
Da igual la religión y el dios al que se adore, sea a Tarya, a Dom-Tärien, o a la Madre Tierra. Las familias traen a sus fallecidos para los preparativos mortuorios, y las autoridades solicitan su ayuda para investigar las causas de la muerte en casos sospechosos, llevándoles también los muertos sin reclamar. Aunque su trabajo suele mantener apartados al resto de la sociedad, el personal de cada Casa trata a los muertos con respeto, y a los vivos con compasión.
En algunas de las grandes ciudades, la Casa de la Muerte dispone de una rama marcial (muchas veces secreta) que se ocupa también de problemas con los muertos vivientes, sea en las alcantarillas de la propia ciudad o en los alrededores de la misma.
También acuden con prontitud a los campos de batalla, para evitar el famoso festín de cuervos.

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