Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

De la Forja Rúnica a los Escalones del Endrino

Estos son los momentos finales de la última partida, y lo que les ha sucedido a los Cayados de Levante desde ese punto, antes de su siguiente aventura. Al final me ha quedado muy largo, pero espero que tengan la paciencia de leerlo entero.


Narkiez estaba a punto de morir. Y esta vez iba en serio.
No es que sintiera una amenaza en el aire, como otras veces, o que tuviera varios enemigos a los que enfrentarse. Esos momentos ya habían pasado, y ahora yacía en el suelo, con varios huesos rotos y sangrantes heridas por todo su cuerpo. Es lo que tenía enfrentarse a tres gigantes a un tiempo. Aun así, Narkiez lo había hecho bastante bien: dos de ellos yacían muertos unos metros más allá, tras una intensa agonía, e incluso al líder, que era mucho más grande, le colgaba inerte el brazo derecho, mientras buscaba la entrada oculta entre las rocas donde, momentos antes, él había hecho lo mismo. Pero no había sido suficiente.
El conocimiento que poseía no podía perderse, así que cogió una piedra más o menos lisa y, con su propia sangre, comenzó a trazar signos en ella, medio escribiendo y medio dibujando. Había mucho que contar: el lugar donde contactar con los Mekranistas, a los que pertenecía; la profecía que marcaba el alzamiento de un antiguo mal y la caída de la estrella, que podría suponer su derrota; y la Forja de las Runas, oculta bajo aquellas piedras. No había tiempo para nada más.
Acurrucado en la esquina de aquellas viejas ruinas, sintió que su respiración se hacía ronca, sibilante, y supo que eran los estertores de la muerte. Lo último que vio, para su sorpresa, fue un grupo variopinto, aventureros seguro, que sorprendía al último gigante, enfrentándose a él para matarlo. Luego, todo se hizo oscuro: la noche eterna había acudido para llevárselo.

– ¿Nada más? – dijo Lethan.
– ¿Nada más? ¿Qué más quieres?
– Bueno, pues, no sé... Apartáis unas cuantas piedras más, hasta conseguir despejar unas escaleras labradas en la piedra; descendéis y encontráis una especie de pozo o estanque en el centro de un pentáculo mágico; cinco pasillos parten de esa sala, pero se acaban después de pocos metros... ¿No seguísteis buscando?
– Lethan, no había nada – dijo Olië –. El agua de esa pequeña piscina tenía finísimas partículas de metal suspendidas, y Norath comentó que parecía que la hubiesen usado para templar armas. Y cada pasillo partía desde la punta de esa estrella (no era un pentáculo normal); en el dintel de cada uno estaba labrado el nombre de una escuela de magia: Invocatio, Praesidium, Perturbatio, Nigrae Ars, Veneficium.
– La verdad – determinó Idriel –, yo tenía la sensación de que nos faltaba algo, como una especie de... llave, una pieza del rompecabezas.
– ¿Y qué hay de ti? – preguntó Balkar.
Habían pasado el resto del día de Todos los Vientos, y parte de la noche, ayudando en lo posible a la población de Trasutür: apagaron casas en llamas, liberaron calles de cascotes, trasladaron heridos, rescataron personas atrapadas bajo tejados caídos. Y todo, en una sucesión tan rápida y con una sensación de urgencia tal, que ni siquiera habían podido hablar. Ahora, avanzada la segunda guardia, descansaban, magullados y sucios de sudor y hollín, sobre lo que había sido la pared de una de las pocas casas de piedra de la colonia, devorando con fruición las sobras del mercado matutino, que había sido repartido entre la población para poder, al menos, cenar bien esa noche. Mañana, la claridad del día permitiría hacer cuentas y tomar decisiones y nuevas iniciativas.
– Pues, finalmente – empezó Lethan – los tres gigantes que habían comenzado todo se lanzaron al ataque y atravesaron el portón. Salté sobre la espalda de uno desde la muralla, y ése fue casi mi fin. Afortunadamente, los tres o cuatro guardias que se habían quedado conmigo tenían mejor puntería a esa distancia, y lograron derribar al gigante que tenía delante. Luego se oyó un tremendo grito y vimos al dragón alejarse volando de Trasutür. Los dos gigantes restantes se miraron con cara de tontos y huyeron de allí. Eso fue todo; después llegó un sargento y comenzó a dar órdenes, así que aproveché para partir a buscaros.
– Tres o cuatro guardias... – dijo Brennan –. Esta empresa estaba muy mal montada.
– ¿Trasutür, quieres decir? – le interrumpió Balkar –. Hay que entender que hoy era un día de fiesta, y no se esperaban esto. Hace escasos días que los ogros atacaron la Fortaleza del Cuervo, ¿cómo podía suponerse que tanto los ogros como los gigantes, cada uno por su cuenta, iban a estar organizados, con posibilidad de dar un golpe tan tremendo, más o menos al mismo tiempo?
– ¿Y las defensas? Ni siquiera había balistas. Ese dragón era muy joven y ha podido destrozar la población entera sin miedo a ser respondido.
– Un poco tarde, pero le pondrán remedio – aportó Mezril –. Mientras corríamos de un lado a otro del pueblo he oído que el Emperador va a gastar un gran dinero para que Trasutür vuelva a prosperar. Más defensas, más trabajadores y más guardia. Quieren doblar la cantidad de Dragones Negros que trajeron hace cinco años, y dejar un destacamento permanente aquí, en lugar de allí en las montañas. De hecho, uno iba por ahí diciendo que incluso la princesa imperial y el que nosotros aún llamamos el Usurpador habían interrumpido su viaje de recién casados para venir aquí.
– Sea como sea, estos ataques no son fortuitos, no pueden serlo. ¿Un rojo, por joven que sea, atacando junto a unos gigantes, días después de aquello? Algo oscuro está detrás de esto. Si hacemos caso a lo que escribió el mekranista, un antiguo mal se alzará.
– Idriel – dijo Norath –, no te ofendas pero te gustan demasiado las profecías. Yo voy a intentar dormir, que me duele hasta la mano que perdí. Os aconsejo hacer lo mismo, porque mañana hemos quedado en iniciar viaje hacia los Escalones del Endrino, y éstas son unas tierras muy duras.

Cinco días separaban Trasutür de los Escalones del Endrino, primer lugar del mapa que, confiaban, les llevaría hasta los mekranistas. Debían viajar en dirección norte hasta abandonar la sombra de las montañas, y luego seguir hacia el noroeste. El primer día caminaron durante un buen trecho por la orilla del Lago de Ámbar, un idílico paraje que quedó marcado en sus corazones aventureros como un posible lugar de retiro. Los abetos crecían en el mismo margen oriental, y al occidente, no muy lejos de donde se hallaba la Fortaleza del Cuervo, un extenso prado de altos pastos salpicaba la vista con los bellos colores de decenas de especies en flor. Estando allí, contemplando el paraje, una extraña marea pareció apoderarse del agua, que, en pocos segundos, ganó varios metros al terreno seco circundante. No sabían si aquello era propio de aquel lago, pero no era lo natural en otros lugares. Ninguna de sus pesquisas dio solución a aquella misteriosa subida del agua, que en poco minutos volvió a la normalidad.
Tuvieron, sin embargo, que dejar atrás el lago, y adentrarse en zonas más peligrosas. No había mapa alguno del que pudieran guiarse, y cuando el sol se puso tras las montañas, comprobaron con agrado que estaban cerca de un pequeño pueblo. Al aproximarse se dieron cuenta de que éste no era más que una ruina, cuyas casas eran sólo cáscaras vacías. Nadie había habitado allí en diez años. Un letrero, medio descolgado, anunciaba el nombre del lugar, aunque no resultó más agradable: Oreja de Lobo; poblado licántropo. Cualquier persona sensata se hubiera alejado de allí enseguida, pero ya sabemos que los aventureros tienen más curiosidad que instinto de supervivencia, así que penetraron en las calles de Oreja de Lobo, con la intención de encontrar un lugar donde descansar. Fue providencial, porque poco después del cielo cayó una lluvia de piedras, y pudieron buscar refugio. Lentamente al principio, y luego con más fuerza, fragmentos de una especie de roca porosa golpeaban contra el suelo y los tejados, destrozándose en minúsculos trozos. Un minuto después, todo estaba en calma, pero decidieron hacer noche bajo techo.
En la siguiente mañana, mientras seguian el difícil avance, encontraron el cadáver de un gigante. Era tan reciente, sin embargo, que al principio pensaron que estaba dormido, y se acercaron con cautela. Poco después, examinando el lugar, se dieron cuenta que debía haber muerto durante la noche, debido a las heridas sin curar que tenía en la espalda, producto de los flechazos de los guardias de Trasutür. Los restos de una hoguera, aún caliente, yacían a un par de metros de él, con varios peñascos planos a su alrededor. Los compañeros de aquel ser lo habían abandonado como alimento para los buitres y chacales, y ahora andaban un poco más adelante, siguiendo al parecer una ruta parecida a la suya.
Esa noche pudieron descansar en Muro del Cuervo, una pequeña población de gente endurecida, proscritos en su mayor parte, que malvivía con lo que podía obtener de la tierra. Eran unas pocas casas, achaparradas y deformes, y muchas estaban vacías, así que no hubo problemas con el alojamiento. Algo gracioso, y muy extraño, les sucedió estando allí: los objetos pequeños de metal, como las navajas y cuchillos que usaban para comer, quedaron misteriosamente magnetizados, y se “pegaban” en su armadura o en sus armas. El efecto pasó en breves momentos, pero estaba claro que algo raro estaba sucediendo en la zona.
Los siguientes tres días de viaje fueron más fáciles, ya que iban alejándose cada vez más de las montañas. Aunque seguían pasando cosas extrañas: el tercer día se formaron remolinos de aire, que alzaban polvo y pequeñas piedras del suelo, en un día claro y luminoso con total ausencia de viento; el cuarto, un pequeño temblor sacudió el suelo bajo sus pies.
El quinto día obtuvieron por fin la explicación. Se encontraban observando los Escalones del Endrino, una gran escalera realizada a pico en la pared del enorme acantilado que actuaba como inicio de la línea de quebradas occidental. Desde lo más alto, a casi cincuenta metros desde el suelo, les observaba la estatua que daba nombre al lugar, cuyas facciones habían sido labradas por el viento y la lluvia hasta ser irreconocibles.
Estando allí, entre los árboles, vigilando por si aquello pudiera ser una emboscada de los gigantes, un retumbante sonido llenó sus oídos, y giraron la vista para, con sorpresa, ver que una gran bola de fuego atravesaba el aire. Norath era el único que se quedó más o menos tranquilo, pues había visto caer meteoritos durante su vida en Kalmatadûl. La enorme nube llameante pasó por encima de ellos, a cientos de metros de altura y, pasando también sobre los escalones y sobre la estatua, siguió viaje hasta estrellarse quién sabe a cuánta distancia. El terremoto que sobrevino les zarandeó de un lado a otro, y, poco después, cuando casi se habían calmado los temblores, una gran ola de tierra y piedras ocultó al endrino y cayó sobre ellos.

Conciliadores

Este grupo fuertemente armado cree que el poder en todas sus formas, si se deja sin guía, conduce inevitablemente al abuso, el cual lleva al caos y a la destrucción. Así pues, se ven a sí mismos como agentes de control, tratando de dirigir las fuerzas de Lüreon mediante una sutil manipulación. Pueden elegir enviar agentes para hacerse pasar por consejeros de naciones poderosas, contratar asesinos para eliminar un poder ascendente o fomentar una rebelión en contra de un gobierno que amenace con superar a sus rivales.
Los Conciliares son un grupo cerrado, oculto a la mirada pública, en la que todo el mundo parece responder ante un superior. Nadie elige inicialmente ser un nuevo miembro, sino que el propio grupo va iniciando a los que han sido contratados para realizar tareas. A esto le sigue un proceso de vigilancia y, en caso necesario, de sutil cambio de opinión.

Otra nueva casa

Efectivamente, el último domingo, con la excusa del cumpleaños de uno de sus miembros, nuestro grupo de juego volvió a reunirse para una partida con los Cayados de Levante. Como estoy recién operado de la pierna, no me entretendré mucho y haré la entrada de hoy de forma un tanto esquemática; dejo para otro día un corto relato que continuará lo vivido en esa aventura: ¡jugadores, atentos los próximos días!

El lugar: la nueva casa de Alfredo, recién mudado.
La aventura: perteneciente a Rise of the Runelords, la parte Stones over Sandpoint (para nosotros, Piedras sobre Trasutür).
Los jugadores: Alfredo, Rob, Alex, Guille, Ana y mi querida Eva (que vuelve a no salir en las fotos); como Narrador, un servidor.
Y les dejo con las fotos:


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El martes, finalmente, me operaron de la rodilla, así que no puedo estar mucho rato frente al PC (de ahí las cortas entradas de los últimos días).

Hoy únicamente les traigo un enlace al blog de un colega, que la mayoría de los que leen esto ya conocerán, con un par de relatos recién comenzados: http://lasendadelaventurero.blogspot.com/

Últimos Guardianes

Sus miembros pertenecen a una vieja secta druídica dedicada a proteger el medio natural de lo anti–natural, y pasan su vida luchando contra las aberraciones o la liberación de antiguos males, ya sean seres ajenos venidos de otro plano, muertos vivientes o plagas pestilentes. Los Últimos Guardianes conservan vivas las tradiciones druídicas más antiguas de Lüreon, y desean encontrar el difícil equilibrio entre la civilización y la naturaleza. No tienen reparos hacia la agricultura o la cría de animales, siempre que se haga con respeto
Su estructura es muy informal, y el respeto se adquiere con la edad y los logros personales. De hecho, su actuación puede distinguirse según el lugar, pues se encuentra dividida en sectas.
En general, tienen poco interés por los asuntos políticos de las grandes naciones.

Alianza Dorada

Es una especie de gremio selecto internacional, formado por los mayores comerciantes de Lüreon. Sus miembros, ricos y poderosos, son los maestros gremiales, los señores del crimen de las grandes ciudades, la nueva nobleza con grandes negocios,... Forjan pactos informales entre ellos para conseguir más riquezas y poder, y usan cualquier medio a su disposición para derribar a los comerciantes rivales, incluso contratar mercenarios para asaltar sus caravanas. Este grupo es muy activo, estando presente en la política de diversos estados e influenciando a funcionarios y militares con fuertes sobornos.
Una de sus ramas, llamada simplemente la Red Secreta, utiliza cualquier medio para conseguir el control y el poder en los territorios donde operan. Sus prácticas incluyen el asesinato de líderes, la infiltración en otras organizaciones, la tortura, el secuestro, la piratería, la insurgencia militar o el terrorismo. La Red prefiere acciones encubiertas, pero no evitará una confrontación abierta, siempre que no salpique el nombre de un miembro de la Alianza. De momento, la Red Secreta y la Alianza Dorada son una misma cosa, pero en cualquier momento, eso puede cambiar.
Otra de sus ramas, el Gnóstico Circular, oculta sus verdaderas actividades al resto del mundo, proclamando ser una sociedad para estudiosos de historia pudientes. Muchos de sus miembros poseen impresionantes colecciones personales de raros tomos históricos y reliquias de antiguas civilizaciones; algunos están interesados realmente en el pasado. El Gnóstico Circular actúa como fuente de recursos, más que como fuerza activa: sus miembros comparten conocimientos para mejorar las fortunas personales de la Alianza Dorada, o para derrotar a rivales comunes.

El Túmulo Susurrante

Un domingo más, nuestros héroes, conocidos en Lüreon como Las Garras del Fénix, se reunieron para disfrutar de una partida largamente esperada. Aunque ya habíamos jugado tras acabar mis exámenes, hacía ya casi 100 días que mis compañeros no se encontraban con los verdaderos protagonistas de la campaña de Los Dos Imperios. Pues bien, por segunda vez, quedamos en casa de Guille y Miki.
Un motivo adicional para esas ganas de jugar se debía a que la partida anterior quedó en uno de esos momentos de crisis que todos los grupos, ya sea en una serie de televisión o en un buen libro, deben sufrir: el enfrentamiento entre sus integrantes. En este caso el responsable, lo admito, fui yo, ya que había infectado a dos de los personajes con un polén corrompido por el poder del dios exiliado, Volegar el Oscuro. Así pues, esos dos personajes, siguiendo mis instrucciones, habían puesto en peligro al grupo en repetidas ocasiones. La partida, tres meses atrás, había sido parada justo cuando el resto de personajes empezaban a entender qué estaba pasando, y acudían con ganas de venganza.
Por las ganas que tenían de jugar, está claro que el cliffhanger funcionó con ellos. El inicio de la partida fue, por tanto, solucionar este problema. Afortunadamente, el Sumo Pontífice de los duergos, Lompûr, llevado por el siempre genial Alex, pudo sacar a esos entes de los cuerpos de sus amigos. Aunque no se ve gran cosa, por la falta de escenografía y dibujos, principalmente, aquí a la derecha les dejo una imagen. Al fondo, unos dados junto a su bolsa, y nuestro perfeccionado sistema de conteo de Puntos de Vida y Aguante: habichuelas y lentejas.
Esta vez sí que cogí la cámara, y pude hacer algunas de esas fotos que tanto les gustan: tras la pantalla. De izquierda a derecha, Miguel (con el norteño Jarad), Ana (con el alba Lenara), Alfredo (con el cábiro Taffel), Guille (con el landerio Vilem), Alex (con el duergo Lompûr), Robi (con Grar) y mi querida Eva (con el duergo Nali y el alba Vaire). Más abajo, las chuletas en la parte trasera de la pantalla, un par de relojes de arena, algunos dados y la aventura, traducida y editada por mí mismo a partir de The Whispering Cairn, la primera de las aventuras de la serie Age of Worms.


Tras solucionar el problema interno, el grupo siguió adelante en la exploración del Túmulo Susurrante, logrando llegar hasta el último guardián, un terrible elemental de hierro que absorbía sin daño aparente todos los golpes de nuestros esforzados héroes. Sin embargo, en seguida se les ocurrió usar la magia para "oxidarlo", y la cosa fue más fácil.
Durante el descanso para la comida, Miguel se dedicaba a subir algunas opciones de su personaje, Jarad, que llevaba largo tiempo sin sufrir mejoras. Se nos había añadido para el refrigerio su novia, Pilar, y el pobre Alfredo tuvo que dejar abandonado a Taffel, en manos de Guille, pues tenía que currar:

Durante la tarde, el grupo llegó por fin al final de la tumba, y, tratando de volver a casa, encontraron a Ragnor Piedradoro, que les propuso un buen dinero por limpiar su mina de zombies. Lo que el grupo se temía, debido a la facilidad en llegar a un acuerdo económico y a la rapidez en ser llevados a los niveles inferiores, eran mayores dificultades; lo que no se esperaban era ser objetivo de una Bolsa de maraña, una poción de Nube de adormidera y un sortilegio de Mutatio mentis para dormir a Vaire (que era la única que había logrado superar los efectos de la pequeña bomba) nada más salir del montacargas. Luego fueron atados y amordazados, y copiados por unos cambiapieles. El pobre Grar se despertó sujeto por dos fortachones, con un oscuro sacerdote junto a él y una caída a una piscina de esponjoso material negro frente a él. Y ¡zas!, final de episodio. Ahí me la jugué, porque mis jugadores querían matarme (me salvó el ser más grandote que el resto, y, sobre todo, que si me mataban no habría continuación), pero estaba cansado, era un buen cliffhanger (ya sé que no hay que abusar, pero no puedo evitarlo), y deseaba pensar con tranquilidad cuáles eran las intenciones del sacerdote de Volegar. Espero que mis jugadores sepan perdonar a este pobre Narrador.
Un par de momentos más de la partida. Miguel y Ana pensando en cómo deshacerse del elemental de hierro; y Vilem indicándole a Alex cómo encontrar alguna habilidad en su hoja.
 

 

Escenografía: una estatua en Antagis (montaje)

Son ya algunas ocasiones en que he mostrado cómo quedaría uno de los personajes lúreos visto en un tamaño de 28 o 56 mm. Lo que generalmente no vemos casi nunca son escenas de la vida de Lüreon. Sus paisajes, las arquitecturas de sus ciudades, la manufactura de sus elementos decorativos,... La entrada de hoy viene a poner un pequeño remedio a ese problema.
En concreto, lo que pondré ante sus ojos es la estatua que la ciudad de Antagis, líder de facto de la Confederación de Ciudades Alanas, construyó para el general del ejército mercenario que salvó a la ciudad de Mecania del avance imperial: Vilem el Misericordioso. Se trata de una estatua de bronce que representa al héroe portando un estandarte de Antagis (una imprecisión del artista, claro), colocada sobre una alta columna de mármol azul (que incluye una placa conmemorativa y un pebetero), y con todo el conjunto sobre una fuente de base circular. Vamos con las fotos.
Primero, una vista global. Iremos viéndolo poco a poco, pero ya les adelanto que el coste en materiales es prácticamente nulo:

En primer lugar, la base, formada por un CD que iba a tirar. Sobre él coloqué dos tiras de cartón grueso (para tomar las medidas usé el propio CD y un mini-disc para el círculo interior), a las que tapé las zonas laterales con cinta de carrocero (para que no se vieran las celdillas), que afortunadamente ya me dieron la forma de piedras desgastadas en la parte interior. Sobre ellos recorté trozos de una cartulina, para simular un empedrado. La parte central se compone de la pieza metálica superior de la tapa de una olla (que no fui capaz de arreglar) colocada del revés. Justo en el centro, un tapón de un bote de pintura de Citadel, con una cadenita (si me sale bien al pintar, por sus huecos saldrá el agua) y una peana como basa (la base de la columna). Con algunos estandartes de Playmobil, conseguidos en mi etapa por la juguetería y convenientemente recortados, conseguí simular los postes. Los pegué sirviéndome de trozitos de clips, pero como la base es de cartón, siguen moviéndose; también los atravesé con clips transversalmente, doblándolos para formar las sujeciones de las cadenas. Las cadenas son parte de la caja de arqueros bretonianos de Warhammer, y las fui recortando e insertando en los clips justo antes de doblarlos. Los restos de los eslabones, al ser cortados, los he pegado alrededor de la pieza central, como elemento decorativo. También a última hora se me ocurrió hacer algunas monedas con masilla verde, ayudándome de los capuchones protectores de los pinceles. Menudo tostón les estoy dando; ahí tienen la foto:
Por lo que respecta a la columna, es un trozo de un palo de escoba (de los antiguos de madera), aunque, como es un material muy duro, no pude serrar de forma recta. Para solucionarlo, use masilla verde, con la esperanza de poder luego pintarlo y que simulara una reparación por obreros antagisíes. El capitel está formado por dos peanas unidas por la base. El pebetero es una pieza de Playmobil, y la informe masa verde que ven en su interior quiere ser fuego (era la primera vez que esculpía algo parecido desde cero; esperemos poder arreglarlo al pintar).

Aquí tienen una vista frontal. La placa es únicamente un trozo de cartulina, en el que escribí el texto deseado, realizando unos cortes para, al pintar, mantener el efecto de grabado. El texto, en oretano, dice: "VILEM, ILTIREN BAITUTE", que significa simplemente "Vilem, Protector de la Ciudad". Una cosita adicional fue añadir una pasada general (salvo a la estatua) con una mezcla de agua, cola blanca y bicarbonato, lo que, aunque deja esas manchas blancas que han ido viendo, otorga una pequeña textura que se agradece a la hora del pincel seco:

La estatua fue bien sencilla de realizar. Cogí una de las minis sobrantes que tengo de El señor de los anillos de Citadel. Eliminé la espada que sujetaba en la mano, taladrando después para traspasar el clip que sirviera como palo del estandarte. También me di cuenta de que, al eliminar la espada de la mano, la vaina vacía quedaba bastante mal, así que recorte otra espada que tenía en mi caja de restos. En la fase final, añadí al extremo del estandarte una punta de masilla verde, y arreglé como pude el hueco de la peana.

El propio estandarte está realizado con peltre blando de una tazita vieja, que pude recortar incluso con tijeras. Dejé dos tiras largas, que doblé sobre el clip, y coloqué en lo alto la pieza de una lanza. Luego le pegué algunos detalles con cartulina, simulando el estandarte de Antagis:

Y eso es todo, a falta del pintado. Lo más caro de todo es la mini (pero puede usarse cualquier otra, por ejemplo de plástico), y el resto de materiales son sustituíbles o incluso eliminables (como el pebetero y las cadenas).

Mucho tiempo después, en un nuevo lugar

El pasado 21 de Febrero nuestro grupo de juego habitual se reunió, después del parón vacacional, para jugar una nueva aventura de los Cayados de Levante. Si han estado atentos a las últimas entradas sabrán que estamos jugando The Rise of the Runelords adaptado al mundo de Lüreon. En concreto, únicamente habíamos jugado la mayoría de la tercera aventura (The Hook Mountain massacre), pero en este último día avanzamos bien poco. Cierto es que compliqué las cosas algo más de lo que aparece en el módulo, pero mis jugadores no tienen excusa: no daban pie con bola. De momento, vayamos con las fotos; eso sí, no esperen encontrar la tan apreciada "foto de grupo", también conocida como "tras la pantalla", porque no tuve ganas de coger la cámara.
La primera buena noticia es que jugar en casa de los recién mudados hermanos Roig provocó que Miguel, apodado el Perdido, volviera a echarse unos dados con nosotros:

Junto a él se encontraban Alex y Ana:

Al fondo de la mesa, Guille, pero no hay ni una sóla foto en que esté sentadito en su silla. No sé si eran los nervios por estar en su casa, o la tensión acumulada por tanto tiempo sin jugar. Aquí atiende a una tirada de Rob (debía ser importante, puesto que estaban los dos en pie):
 

También se paseó por detrás de los otros jugadores:

Aunque Alex parezca dormido, en realidad sólo es que le han pillado cerrando los ojos. Miren si no, qué ímpetu:

¿Y aquí?
 

Como ya habrán visto, también estaba Roberto. Extrañamente se portaba bien, y atendía más que cuando iba a clase:
 

Hablaba de atención... devoción parece por parte de algunos:
 

Y ése era yo, el Narrador. ¿Qué habré sacado en la tirada para sonreír de ese modo?
 

La lástima es que mi querida Eva, la fotógrafa, no ha salido. Sin embargo, nos ha dejado estos dos recuerdos, en forma de foto estratégica:
 
 
Corresponden, claro, al único combate, en el que los PJs se enfrentaban a un ingente grupo de orcos-pez, como acabaron siendo llamados. Ésta desde arriba: