Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Los duergos de Lüreon

Ya les he comentado alguna vez que para las especies dotadas de razón que pueblan Lüreon no he sido demasiado original. Al menos no en su aspecto externo ni en su actitud (sí en su historia y en sus relaciones con otros pueblos, por supuesto), y así los duergos de Lüreon son, básicamente, los enanos de Arda.

Ahora bien, llegado un cierto momento, necesité un poco más de profundidad, y decidí crear siete razas para la especie duerga. Sus nombres me vinieron dados -con un sólo cambio- por Los pueblos de la Tierra Media uno de los volúmenes que Christopher Tolkien dedica a la Historia de la Tierra Media (en realidad, «historia de los papeles de mi papá» sería un título más adecuado). Para dotarlos de características propias (sobre todo, estéticas) me basé a grandes trazos en La quintaesencia del enano, de Mongoose para la tercera edición de D&D.

Éste fue el resultado, espero que puedan usarlo de alguna manera en sus historias o partidas:

Aunque en la actualidad las poblaciones duergas únicamente se encuentran de forma aislada, muchas veces ocultas bajo tierra en las montañas, lo cierto es que se cree que en tiempos pretéritos vivieron a cielo abierto, en las colinas y llanos lúreos. Una de las periódicas invasiones demoníacas debió recluirles en los lugares que hoy ocupan. Con el tiempo, el aislamiento conllevó el desarrollo de siete razas, aunque todas ellas comparten una lengua, una religión y unas formas sociales comunes. Así, y gracias a los tiempos de bonanza que corren en la actualidad, en una misma comunidad pueden convivir varias razas (incluso todas) sin fricciones.

Barbiluengos.
Forman la idea básica del típico duergo: fuerte, ancho, y generalmente malhumorado. Suelen ser rubios y de tez ligeramente pálida. Tienden a vestir anchos cinturones de metal, en lo que meten su barba cuando necesitan libertad de movimientos. De hecho, cuando son ancianos suelen tener aprendices que les acompañan sujetando su blanca barba trenzada, para que no se la pisen. Aunque son pocos en número, suelen encontrarse al frente de las colonias duergas, pues por lo general mantienen la mente más fría, y su longevidad les hace merecedores de cierto respeto entre los suyos.

Barbatiesas.
Tienen su cuerpo y se mente preparados para el frío, ya que están acostumbrados a vivir en las cimas de los montes donde se asientan las colonias duergas. Son los más numerosos en Kalmatadûl, la gran ciudad subterránea norteña. Sus barbas son blancas desde el mismo momento en que les comienza a crecer, y la mayoría se afeitan la cabeza desde jóvenes. Su tamaño (tanto en altura como en anchura) es moderadamente menor y sus miembros son más largos (lo que les da una apariencia ligeramente simiesca). Son más toscos y alborotadores que otros enanos, pero no tienen rival a la hora de escalar un risco.

Barbígneos.
Son los duergos que la gente del exterior está acostumbrada a ver, ya que suelen vivir más cerca del exterior que sus congéneres (y se ocupan generalmente de la defensa de las colonias). Son en su mayor parte pelirrojos (de ahí el nombre) y bastante morenos. También son más proclives al trato con otras especies, y la mayor parte de los mercaderes duergos que pueden encontrarse en las ciudades de Lüreon son barbígneos; aunque lo más común es que se queden en su hogar, vendiendo los productos manufacturados a sus vecinos del exterior y comprando comida a cambio.

Morenos.
Al contrario que los barbígneas, viven en las profundidades, y muchos de ellos no ven la luz del sol en toda su vida. Son, de entre todas las razas duergas, los más pequeños de talla y los más fértiles, aunque no demasiado longevos. Tienen el pelo negro (y lo mantienen así durante toda la vida) y la piel bastante oscura, un rasgo extraño que desvela un pasado a la luz del sol. Suelen ser más agresivos y cogen las armas ante la menor provocación, aunque se concentran mucho más de lo normal en lo que están haciendo. Tienen una gran resistencia y aguantan bien el dolor y el cansancio.

Narigudos.
Forman el grueso de la población en la mayoría de enclaves enanos. Son fuertes, con miembros anchos y dedos ágiles. Tienen una gran capacidad mental y un gran ingenio, y son capaces de poner en práctica los planes que se les pasan por la cabeza, pues les gusta trabajar con las manos. Por esta razón la mayoría de los grandes herreros enanos han sido y son narigudos. A pesar de ser los más numerosos, no hacen causa común, y tienden a olvidarse de los asuntos políticos o militares para ocuparse del trabajo que les mantenga en vilo en ese momento.

Pielpétreas.
Tienen una apariencia definitivamente poco natural, con la piel de un color gris translúcido, bajo la cual pueden verse venas pálidas y estrías blanquecinas de músculos. Cuando está quieto, un pelpétrea puede ser confundido con una estatua de mármol. Son más altos que otros duergos y poseen ojos grises de pequeñas pupilas. Carecen por completo de pelo, y ni siquiera tienen barba; sin embargo, conforme crecen van cubriéndose la mitad inferior del rostro con cadenas y adornos de plata, sujetas a su piel mediante perforaciones. Un pielpétrea ‘siente’ la piedra mucho más que otros duergos, por lo que es normal encontrarlos encargándose de las excavaciones mineras. Suelen infundir bastante respeto entre los duergos y, a diferencia de los barbiluengos, tienden a vivir separados de sus familias. Se llevan bastante bien con miembros del resto de las especies, cuando éstos se acostumbran a su aspecto.

Puñoférreos.
Son muy parecidos a los barbiluengos, aunque son ligeramente menos pesados y tienen manos, pies y cabezas moderadamente más grandes. Esto les da un aspecto más amenazador, necesario para ellos pues son los más belicosos y arrojados de entre los duergos. Suelen ser los líderes colonizadores, y han encontrado la mayoría de los enclaves actuales (aunque luego ceden voluntariamente el puesto de mando a otro duergo, pues para ellos temas como política o economía resultan muy aburridos).

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