Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Diario de campaña 118: el grupo consigue reunirse (o casi)

Por si no sobrevivo al fin de semana (nos vamos de camping, y el tiempo anuncia que van a caer chuzos de punta), os paso el resumen de nuestra partida del último día.

Seguimos jugando Hijos de Gruumsh, que como ya les comenté he adaptado para que se convierta en el rescate de los Fajines Negros, un grupo de aventureros aliado de los PJ. A lo largo de la partida, los dos miembros de las Garras del Fénix que se habían separado de sus compañeros están ya con ellos, o casi.

Jarad consiguió hacerse con la amistad del draco y pudo regresar a la fortaleza montado sobre su lomo. Por su parte, el grueso del grupo logró eliminar a los orcos con los que se enfrentaban, tomando un prisionero. Tras fallar mientras intentaban intimidarle para conseguir información, usaron una treta de desinformación, permitiendo que el orco les escuchara hablar de ciertos planes para la noche siguiente (ellos en realidad pretendían atacar durante el día) y luego ayudándole, sin querer, a que escapara (y lo que les costó, porque el orco era de los verdaderamente lerdos, al parecer). Si todo eso había ido bien, en el interior de la fortaleza Taffel constituía el reverso de la moneda, pues fue capturado por las malas artes del chamán. Lo bueno de esto es que logró "encontrar" a los Fajines Negros, al acabar encerrado en la misma sala.

Al día siguiente, con la mayoría de orcos roncando y a la sombra, las Garras lograron ascender de forma inadvertida a las murallas, y luego penetrar al torreón interior. Allí, sin embargo, encontraron una dura resistencia. Al mismo tiempo, Taffel había logrado escapar de sus grilletes al dislocarse el dedo gordo de la mano y contar con las finas muñecas propias del tamaño de los cábiros, y enseguida lideró a los Fajines en un ataque desde el interior. A todo esto, cuando todos los enemigos yacían en el suelo y los jugadores pensaban que los personajes iban a reunirse (ninguno iba mapeando, y Taffel había sido llevado inconsciente hasta el calabozo), les sorprendí con un detalle interesante: al cábiro le dije que, al bajar las escaleras, se encontraba con cinco zombies; mientras al mismo tiempo al resto del grupo les conté que un orco muy grande bajaba por las escaleras. Justo ahí decidí terminar la partida. Por supuesto, todos los jugadores coincidieron enseguida en que eran objeto de alguna ilusión, probablemente creada por el chamán. Sin embargo, les aseguré que eso ya estaba muy visto, y les advertí que era peligroso usar el metajuego en mi mesa. ¿Me habrán creído?

1 comentario:

  1. Que pensemos una cosa no quiere decir que vayamos a actuar distinto. Por lo menos, esta vez no tengo pensado dialogar con nadie.

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