Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Reseña: La carta esférica

Tras La piel del tambor (1995), Pérez-Reverte inició la serie de Alatriste, cuyos tres primeros libros aparecieron en años sucesivos. También del 98 es Patente de corso, el primero de los libros dedicados a la recopilación de sus artículos de prensa. De todos ellos nos ocuparemos más adelante, y haremos un salto hasta su siguiente novela, La carta esférica, publicada por Alfaguara en el año 2000.

En su medio millar de páginas nos describe la recuperación del tesoro de un pecio hundido frente a las costas de Cartagena por parte de Tánger, empleada del Museo Naval, y Coy, marinero 'varado' en tierra. A ellos se enfrentan, como prototípicos perseguidores, Nino Palermo y Horacio Kiskoros. La novela se desarrolla lentamente, con un proceso investigador escaso en el que el lector poco puede intervenir, y sus diálogos, llenos de silencios, resultan intervenidos casi siempre por la voz interior de Coy. Es la mirada de éste, a pesar de que no es quien nos cuenta la historia, la que sigue la novela, y de esta forma podemos ir averiguando poco a poco los movimientos de los personajes, al mismo tiempo que lo hace ese triste marinero.

El ritmo lento de la obra tiene, sin embargo, un buen motivo. La lectura de La carta esférica no debe hacerse buscando escenas de acción o un final trepidante, sino que debemos dejar fluir la narración. Ésta se llena de una mirada desengañada de la vida, del miedo a la falsedad, la soledad y la muerte, y sobre todo a la muerte en soledad. La novela habla de infancias perdidas y del respiro que supone para el alma de los personajes el silencio de las inmersiones bajo el mar.

Un mar que se hace protagonista directo (más de la mitad de la novela transcurre en las aguas del Mediterráneo), pero también indirecto (a través de las múltiples referencias literarias, desde Homero a O'Brian, que pululan por sus páginas). Y ya que hablamos de referencias, debo dejar nota una vez más de las referencias al universo literario del autor, desde la agencia de subastas donde se encuentran los personajes en el primer capítulo (la oficina en Barcelona de la misma agencia que aparecía en La tabla de Flandes) hasta el recuerdo que Palermo tiene de quien le consigue cartas náuticas y legajos antiguos, el personaje de Corso (el protagonista de El club Dumas), pasando por cierto sable colgado en la sala dedicada a Trafalgar en el Museo Naval (el sable del capitán del Antilla, buque que participó en la Batalla de Trafalgar; o eso dice la novela, pues ningún Antilla participó en dicha batalla, a menos que leamos la narración de Cabo Trafalgar, un libro que aparece cuatro años después que el que nos ocupa hoy).

Existe una adaptación cinematográfica de La carta esférica, estrenada con el mismo título en 2007, dirigida por Imanol Uribe. La adaptación es muy fiel, con escasísimos cambios, hasta que llegamos al final, que es abismalmente distinto. Actúan como los personajes principales Carmelo Gómez y Aitana Sánchez-Gijón, y como los secundarios Gonzalo Cunill y Enrico Lo Verso (quien el año anterior había interpretado a Malatesta en la adaptación de Alatriste).

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