Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Reseña: Tiburón

A Peter Benchley el arte le viene de familia: Su abuelo paterno, Robert, fue actor, crítico teatral y humorista. Su padre, Nathaniel, escribió unas 35 obras (más de la mitad para un público juvenil). Su hermano menor, Nat, es también actor y humorista.

Benchley tenía 34 años y había trabajado en diferentes medios escritos (The Washington Post, la revista Newsweek, National Geographic e incluso la Casa Blanca) cuando Tom Congdon, de la editorial Doubleday e interesado por sus artículos, contactó con él para discutir ciertas ideas literarias. Durante la reunión, Congdon no quedó para nada impresionado por las propuestas de Benchley sobre libros divulgativos, pero se interesó por su idea para una novela sobre un enorme tiburón blanco aterrorizando a la población de un destino turístico. Aunque tuvo que reescribir su trabajo al gusto de la editorial, había nacido Tiburón.

Corría el año 1974, y la novela fue un éxito. Sólo en un año ya existía una adaptación fílmica, con guión del propio Benchley y de Carl Gottlieb, y dirigida por Spielberg (que contaba por entonces con 27 años). La película, estrenada en la por entonces mala estación veraniega, fue un éxito de taquilla que desbancó rápidamente los récords anteriores. Tuvo tres secuelas usando algunos de sus personajes, pero sumando la recaudación de las tres no llegan ni siquiera a igualar la taquilla de la original. Tampoco en calidad la alcanzan, por supuesto. {En 1977 Star Wars seguiría el ejemplo del estreno veraniego apoyado por una fuerte campaña comercial. Había nacido el fenómeno del «estreno del verano»}

El autor siguió trabajando, y publicó otras siete novelas: una semibiográfica y relacionada con el alcoholismo, otra sobre su trabajo en la Casa Blanca, y las otras cinco donde el mar sigue teniendo un gran protagonismo, generalmente por la procedencia de sus antagonistas. Salvo una (que casualmente es su novela con mejores críticas: The girl of the Sea of Cortez), todas han sido adaptadas al cine, con escaso éxito. También creó el guión para dos cortas series de televisión, y escribió en sus últimos años libros divulgativos en contra de la explotación marítima y a favor de la presencia de tiburones en los mares del mundo.

¿Y qué hay de la novela que le dio fama?
Tiburón es una historia relativamente breve, y si la dividiéramos en las tres partes consabidas obtendríamos una introducción alargada, en la que se suceden las víctimas del tiburón mientras las autoridades se niegan a aceptarlo; un nudo acortado, donde un par de personajes que parecían tener escasa importancia se cruzan para generar un conflicto nuevo; y un desenlace muy correcto donde, como es lógico, se resuelven ambos conflictos. {Tampoco es cuestión aquí de contarles cómo acaba, aunque sería raro que no lo supieran}
A pesar de la sucesión de escenas violentas, no es excesivamente sangriento (seis víctimas en total, frente a las cuatro de la película, pero sin detenerse morbosamente en ello) y un par de los fragmentos más interesantes son aquellos en los que tenemos la visión desde la óptica del pez. Esto ocurre sólo al principio, y sin embargo logra que el lector empatice con el animal, deseando que, como en Moby Dick, triunfe a pesar de los seres humanos. También apoya esta idea la escasa identificación que ofrecen los personajes. Salvo el principal, el jefe Brody, el resto sólo están definidos con algunas pinceladas, y aunque no llegan al punto de ser planos, no pasan de estar conformados por dos o tres rasgos y el conjunto queda algo escaso. Destaca por supuesto el trío del final: Quint, un trasunto de Ahab obsesionado por matar al tiburón; Hooper, un ictiólogo que no se da cuenta real del peligro que supone el pez; y el propio Brody, a quien su deber y los remordimientos por haber cedido a la presión política obligan a perseguir al animal.
Otro de los puntos negativos es la resolución de uno de los conflictos. Se trata del creado en la parte media de la novela, y que es solucionado con un mecanismo de deus ex machina por el propio jaquetón (podríamos llamarlo carcharodon sub mari).
A pesar de lo dicho, la novelilla se lee muy fácilmente, de un tirón, y está escrita con un lenguaje accesible pero no llano. Se ha convertido ya en un clásico cuya lectura recomendamos desde aquí. Les dejo con un par de frases.

–Suena usted como un gángster de película: «Quiero ver a ese pez muerto». Así que me contrata para que lo mate. ¿A quién encargará que lo haga, si no lo hago yo?
–¿Qué podemos hacer? Diablos, preferiría un huracán. O incluso un terremoto. Al menos, cuando pasan ya se han acabado. Puede uno mirar a su alrededor y ver lo que ha pasado, y lo que se tiene que hacer. Son sucesos, algo con lo que uno puede enfrentarse. Tienen un inicio y un fin. Esto es una locura.
Estoy derrotado. Lo único que podemos hacer es esperar hasta que Dios, la Naturaleza o quienquiera que nos esté haciendo esta jugarreta, decida que ya hemos sufrido bastante. Esto ya queda fuera del poder humano.

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