Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Notas de Inier Hojamarga (II)

Continúo con esta serie de fragmentos ficticios que estoy haciendo llegar a mis jugadores (vimos aquí la primera parte), sobre cierta ciudad voladora que será el premio final de la subcampaña en la que estamos inmersos (como pudieron leer aquí). Mas, ¿a qué me refiero con eso de darles una ciudad voladora como premio? Una de las cosas que siempre me han parecido atractivas en muchas ambientaciones es la "base de operaciones" del grupo: ya sea una posada, un enclave comercial o una pequeña fortaleza, es agradable contar con un lugar donde poder descansar entre las diversas aventuras, y mucho más si ese lugar va mejorando conforme el grupo supera las adversidades y participa (por sí mismo o por medio de los PNJ) en algunas de las aventuras. Las Garras del Fénix han tenido varias bases parecidas, en aquellos lugares en que han permanecido más tiempo, pero siempre se han visto obligados a abandonarlo para viajar a otra parte del mundo. Además, siempre he querido disfrutar de algunas tramas donde el grupo pueda demostrar su liderazgo. Y bien, ¿qué pasaría si diseñara un lugar que se moviera junto a los PJ? Con una ciudad voladora, y además "de su propiedad" (ya veremos otro día qué significan esas comillas), cumpliría esas premisas.
De momento, les dejo con el segundo trocito. Recuerden que son las palabras de un albo bastante borde...

Kinaël, hijo de Alpël, nació en el seno de una de las perseguidas familias de ildetanos que ocupaban las zonas montañosas al oeste de la actual Paelia. Su gente podía sentirse orgullosa de haber poseído los anchos valles que hoy controlan Ilder y Paelia, pero eso había sido varias generaciones atrás, cuando comerciaban con los reinos albos al norte de sus tierras, depositarios de la esperanza de Lustal.

Sin embargo, los oretanos habían llegado con sus legiones, aplastando con el hierro y el fuego su civilización. Sólo el ataque demoníaco que puso fin a la Era Crecida, y hundió a la corte de Aorista en la oscuridad, fue capaz de acabar con su control sobre esas tierras. Sin embargo, los ildetanos estaban lejos de recuperarse: las colonias oretanas forjaron reinos sucesores, e incluso los berones llegaban desde las estepas centrales, y crearon también sus propios gobiernos.

Por su parte, el acoso de todos estos reinos fersos causó que los albos se lanzaran también a la guerra. Etön Ezil, que llevaba muchos lustros al mando del príncipe Aedoniel, fue el mejor parado de estas campañas de conquista. Frenado al sur por la ciudad que entonces se llamaba Kandar, o Kandarburgo, sus ejércitos se desplazaron hacia el oeste, alcanzando las costas del Océano tras un par de generaciones fersas.

La debilidad de los ildetanos les llevó a una estratagema traidora y desesperada, liderada por Kinaël: simulando una embajada de paz, llevaron a cabo un ataque subrepticio sobre el campamento del príncipe, que a resultas de sus heridas acabó muriendo. Mientras llegaban órdenes contradictorias desde la corte de Etön Ezil, donde las diferentes familias trataban de hacerse con el control del reino, las tropas albas lograron mantenerse firmes, y siguieron poniendo freno al acoso ildetano.

Pero nadie esperaba el siguiente paso de Kinaël.

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