Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Orden del Escudo Rugiente

Hace ya más de un año, cuando les presentaba el antiguo panteón que los oretanos habían extendido por medio Lüreon, uno de los dioses era Netön:

Dios de la guerra y protector de los caídos en batalla. Aunque poderoso, no tenía muchos lugares de culto. En ocasiones era un dios salvaje y sangriento, pero, una vez en el Inframundo, se comportaba con los suyos como el mejor de los anfitriones. Parece que adoptó el león como símbolo entre los dioses, así que se le suele representar con cabeza de león, o acompañado de ese animal.
Ahora bien, la corte de Aorista cayó mil años antes del período en que se ambientan nuestras partidas. ¿Cómo ha tratado el paso de un milenio al culto de los dioses oretanos? Sé que la mayor parte de los cultos fueron sufriendo un proceso de sincretización con los procedentes de los panteones cábiro y alano, pero no sucedió así con Netön.


La Orden del Escudo Rugiente es todo lo que queda de una enorme organización militarizada nacida en los tiempos en que Aorista se enfrentaba, en el lejano sureste de Lüreon, a los esclavistas zalanos. El poderoso grupo de caballeros nació con la idea de perseguir el comercio de personas y la tiranía sobre los desvalidos, siempre bajo el auspicio de Netön, el señor de la guerra. Pero con el paso de los lustros se convirtió en un integrante más de las fuerzas que Aorista disponía en las provincias más alejadas de su corte.

Tras el desastre causado por la invasión demoníaca, muy pocos de entre sus miembros lograron sobrevivir, y menos aún lo hicieron con su cordura intacta. Los horrores de aquellas masacres se habían cebado especialmente con los caballeros de Netön, mas aquellos que superaron la prueba recibieron los dones del dios de la guerra.


Muy de vez en cuando, siempre en tiempos difíciles, los pueblos de Lüreon ven llegar a un guerrero solitario procedente de las Tierras Salvajes que se extienden al sur de Arëk. Sus ropas son de gules y sable, los colores de Netön, y su cuerpo va enfundado en una gruesa y pesada armadura. Un escudo rojo, con la cabeza de un león en relieve, cuelga de su espalda o de su brazo. Aliado con algún templo local, o respondiendo ante las autoridades, este guerrero sagrado antepone a su propia vida la seguridad de las gentes a las que ha jurado proteger.

De dónde provienen sus divinos poderes o quién le ha enseñado el arte de la guerra es un misterio. Pero se cuenta que allá lejos, al sur, rodeados por un mar de criaturas peligrosas, se halla una academia donde los viejos guerreros de antaño, todavía vivos gracias al poder de Netön, muestran a sus discípulos cómo enfrentarse a los poderes tiránicos de la sombra.

Tal vez nunca pueda averiguarse si esto es cierto...

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