Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Diseña tu ambientación: frontera, ciudades y sociedad


Con las anteriores entradas de esta serie hemos visto las generalidades sobre los modos de producción y sobre el feudalismo y las divisiones sociales. Dentro de ese ámbito me gustaría hoy traerles algunos casos particulares. {Considero que el carácter excepcional de los grupos de aventureros hace que para lograr insertarlos adecuadamente en una sociedad fantástica verosímil nos debamos fijar, precisamente, en aquellas situaciones que escapan a las normas habituales}


Húngaros asaetados por los mongoles (Liegnitz, 1241)
En primer lugar quería hablales del medievo de Hungría. Debo reconocer que no conozco demasiado sobre el pasado de dicha nación, pero al parecer los historiadores consideran que durante la Edad Media se conformó en lo que llaman Reino Patrimonial (patrimoniális királyság): el poder del reino yacía en su totalidad en la figura del rey, quien administraba su reino como si fuese su enorme propiedad, donando tierras a caballeros y nobles. El rey podía otorgar tierras o confiscarlas y dárselas a otro. De esta forma era el monarca el que recompensaba directamente a sus siervos y al clero. Hasta aquí parecería igual al feudalismo habitual, pero la diferencia es que en Hungría no se crearon más escalones señor-vasallo: el dueño de las tierras era el rey, y si se las prestaba a un noble éste no podía, a su vez, dárselas a otro. Igualmente el rey trataba con los nobles como si fuesen sus «familiaritas», o miembros de su circulo cercano, estableciéndose una relación cercana y estrecha entre la figura del rey y la nobleza. Al no ser hereditarias las regiones y comarcas, sino que el cargo de gobernador era vitalicio pero no hereditario, las familias no llegaron a constituir gobiernos regionales independientes. De hecho, las luchas más frecuentes dentro del reino húngaro tenían lugar dentro de la propia familia real, la Casa de Árpád; y la nobleza no poseerá verdadera influencia para intervenir en la alta política de la época. No obstante, hacia 1301, cuando murió el último miembro de la Casa (Andrés III de Hungría), señores nobles u oligarcas habían conseguido obtener gran poder ante el debilitamiento de la figura real. La ausencia de un sistema feudal representó un problema en el momento de sucesiones, pues el trono podía ser ocupado exclusivamente por un miembro de sangre real (no por el contrario por alguien que era solamente noble). De esta manera en los siglos XIV y XV el trono húngaro será ocupado por miembros de Casas reales extranjeras con algún tipo de vínculo sanguíneo con la desaparecida dinastía húngara. No sé el tamaño exacto de la Hungría de aquellos tiempos, pero imagino que la mayor centralización lograda por la Casa de Árpád se debió en parte a que no tenía el tamaño de los países más occidentales. De todas formas, hemos visto cómo podemos evitar un feudalismo puro, manteniendo válido todo lo que vimos en la entrada anterior (feudo, estamentos...). {Tal vez eso nos pueda ser útil en ciertos reinos de nuestra ambientación, o para evitar el complicado juego de lealtades que puede establecerse en una escalera feudal. Es decir, para simplificar nuestra ambientación con propiedad}


Un segundo punto que me parece útil comentar es la situación de frontera. Y para ejemplificarlo, nada mejor que los reinos peninsulares y la Reconquista.

En un principio, sobre todo en Castilla, las luchas no permitieron que nobles o eclesiásticos acumulasen tanto poder territorial como lo habían hecho en el vecino Imperio Carolingio. Las causas son, en primer lugar, que los territorios de frontera permitieron una mayor libertad campesina, empezando por el derecho de ocupación de la tierra abandonada (la presura); en segundo lugar, que la figura del rey mantuvo más poder que al otro lado de los Pirineos. Figuras como la behetría, que permite a los siervos elegir señor o la del caballero villano, campesino libre capaz de mantener armas y caballo de guerra, son propios de esos primeros siglos. Veamos ambas en detalle.

Primeros avances
(aunque en aquel tiempo no existía la noción de Reconquista)
Presura (en Castilla) o aprisio (en Aragón) era el nombre que recibía una modalidad de repoblación de la Península Ibérica en la época de la Reconquista, basada en el Derecho Romano. Se llamaba así puesto que se entregaban las tierras al primero que las roturase, otorgando a continuación el rey un documento de propiedad: tanto presura como aprisio derivan de «apresar» (tomar posesión). A principios del siglo IX los campesinos cristianos comenzaron a ocupar las tierras conquistadas a los musulmanes. A partir del año 850 el sistema se organizó de forma oficial. Los reyes consideraron que la propiedad de la tierra era un aliciente suficiente para que campesinos, nobles y monjes aceptasen permanecer en tierras fronterizas y las trabajasen incluso bajo la amenaza de continuas incursiones guerreras. El hecho de que la economía estuviese basada casi en su totalidad en la agricultura hacía más apetecible la propiedad de las tierras. Muchos de los colonos eran mozárabes (cristianos que habían permanecido en los territorios conquistados por los musulmanes), otros llegaban desde los reinos cristianos. Se puede considerar que la repoblación de España a partir del siglo X fue de tres tipos diferentes, partiendo siempre de la idea de que las tierras conquistadas al enemigo eran del rey, que: 1) las entregaba a los nobles en pago de servicios, por lo general militares; 2) creaba en ellas monasterios con grandes extensiones de tierra de cultivo; o 3) las repartía entre los agricultores.

Al principio, los colonos de las montañas cantábricas iban ocupando las tierras de nadie hasta el cauce del Duero. Generalmente estos colonos eran abades de los monasterios que, con permiso del rey, ejercían esta modalidad de repoblación que significa la libre ocupación de las tierras abandonadas por la guerra o yermas (tierras inhabitadas y sin cultivar, ya que el valle del Duero era una zona despoblada) y que después pasaban a ser propiedad de los colonos, en este caso de los abades. Por este motivo a esta fase también se le llama repoblación monacal. Además, los reyes de León también entregaron tierras a los nobles. En Castilla fue más común entregárselas a pequeños agricultores, que eran quienes se acogían al derecho de presura, y que formaban aldeas libres, con entidad jurídica propia: las llamadas aldeas de behetría, que podían elegir a su señor. Cada familia recibía la superficie de tierra que era capaz de arar en un día. En Navarra y Aragón, la expansión desde las montañas pirenaicas fue más complicada, ya que el Valle del Ebro era (y sigue siendo) una de las zonas más ricas y pobladas. Sólo en los valles de los Pirineos se dio tierra a los colonos, en el resto se entregaron las tierras a la nobleza en Aragón y a los monasterios en Navarra. En Cataluña, sí se entregaron a pequeños agricultores, recurriendo al derecho de aprisio. Pero a diferencia de las aldeas castellanas, las catalanas cayeron bajo el dominio de un señor feudal que ocupaba un castillo y que ejercía sobre ellas amplios poderes. A partir del siglo XI los reinos cristianos comienzan a expandirse hacia el sur, sobre los territorios ya poblados del califato de Córdoba: no era necesaria la repoblación, así que siempre hacía falta la aprobación del rey ante una confiscación de tierras a los musulmanes. Se produjeron las últimas repoblaciones en Andalucía, en la cuenca del Guadalquivir al tomar los reinos taifas de Valencia, Murcia y Granada, donde se dispersó a la población musulmana. Esta última fase se denominó Repartimiento, porque la tierra se repartió en grandes lotes dando lugar a latifundios. Así pues, sólo en las zonas despobladas del valle del Duero y del Ebro y sólo en los primeros momentos de la Reconquista, se dio el caso de la repoblación espontánea por presura o aprisio. Luego se necesitó concesión real tanto en caso de que los colonos fueran civiles (repoblación concejil o municipal), nobles (repoblación nobiliaria) u órdenes monásticas (repoblación eclesiástica), ya fueran órdenes militares o no. Esta repoblación se explica en una sociedad rural y en una zona en continuo peligro de incursiones guerreras: era la recompensa para que los desposeídos se atreviesen a abandonar lugares seguros y cultivaran las tierras fronterizas. {El uso que podemos hacer a este mecanismo de presura es obvio: entregar tierras en zonas fronterizas o peligrosas; ya lo vimos al hablar de los feudos}

De camino a las Navas (1212)
Los caballeros villanos fueron una tropa medieval hispánica, característica de Castilla, surgida a raíz de la concesión de fueros. A cambio de los privilegios asentados en esos fueros, los concejos tenían el deber de ayudar militarmente a la persona que lo hubiese concedido (principalmente el conde de Castilla o el rey de León). Esta ayuda militar, en forma de milicias concejiles, se organizó en dos tropas: los peones (a pie) y los propios caballeros villanos. Los habitantes del concejo que pudiesen permitirse un caballo integraban las filas de estos últimos. Debido a su importancia táctica (caballería de carga con lanza) y su posición en las tierras repobladas de las extremaduras, los caballeros villanos ganaron privilegios y llegaron a ser equiparados legalmente a los infanzones, perteneciente a la baja nobleza (aunque no tenían privilegios nobiliarios, claro está). Los caballeros villanos cumplieron una destacada actuación en campañas decisivas de la Reconquista: las batallas de Uclés (1086), Alarcos (1195), Las Navas de Tolosa (1212) y del Salado (1340). El caballero villano pertenecía a la clase feudal, por el lugar que ocupaba y la función que desempeñaba pero no pertenecía al estamento de la nobleza. Tenía ciertos privilegios, como la exención de tributos cuando adquiría o ganaba heredades, lo que le diferenciaba de los burgueses y campesinos. Se diferenciaban de la nobleza porque conseguían tierras por presura, a diferencia de aquella, que las conseguía por cesión real. {Otro ejemplo imprescindible para aplicarlo a los aventureros: nobleza no de sangre, sino de actuación guerrera, con posibilidad de ganar tierras}


Viviendas en torno a la plaza del mercado
Un tercer punto en estas excepciones feudales lo encontramos en las ciudades.

La renta feudal no se acumula en forma de capital, sino que se atesora o se consume. No obstante, la redistribución de la renta feudal, mediante el consumo, hacia la burguesía urbana de artesanos o mercaderes, permite que en ese espacio urbano y en las rutas del comercio a larga distancia nazca un capitalismo incipiente durante la Baja Edad Media. La burguesía es una clase social que ocupa los nichos dejados por otros estamentos, desarrollando en las ciudades un modo de producción cercano al capitalista. Con su desarrollo y crecimiento, se acentúan las contradicciones de la época.

En los países donde la dominación romana duró más tiempo (y por tanto el modelo urbano fue establecido con más fuerza), como en Italia, Hispania o Provenza, las ciudades se conservan a salvo de señoríos, aunque su importancia se ve reducida (sobre todo, por la menor población). Más al norte, desaparecieron muchas poblaciones, los núcleos importantes se reducen y el feudalismo puro se implanta con más fuerza.


Sitio de Jerusalén (1099)
Y ya que hemos visto el comienzo y desarrollo de esta época, veamos también el fin del feudalismo, porque tal vez una sociedad prerrenacentista cuadre más con nuestra ambientación fantástica. El feudalismo alcanzó el punto culminante de su desarrollo en el siglo XIII; a partir de entonces inició su decadencia. La crisis del feudalismo llega desde distintos ámbitos.

Por un lado se produce un agotamiento de las tierras de cultivo y la falta de alimentos, lo que por consecuencia trajo hambruna y una gran cantidad de muertos. Esto pudo conllevar la aparición de enfermedades epidémicas, que en unos cuantos brotes a lo largo del siglo XIV redujeron drásticamente la población.

El subenfeudamiento (y por tanto la fragmentación de la tierra en parcelas cada vez más pequeñas) llegó a tal punto que los señores tuvieron problemas para obtener las prestaciones que debían recibir. Los vasallos prefirieron realizar pagos en metálico («scutagium», o tasas por escudo) a cambio de la ayuda militar debida a sus señores; a su vez éstos tendieron a preferir el dinero, que les permitía contratar tropas profesionales que en muchas ocasiones estaban mejor entrenadas y eran más disciplinadas que sus vasallos. Además, el resurgimiento de las tácticas de infantería y la introducción de nuevas armas, como el arco y la pica, hicieron que la caballería no fuera ya un factor decisivo para la guerra. La decadencia del feudalismo se aceleró en los siglos XIV y XV. Los soldados profesionales combatieron en unidades cuyos jefes habían prestado juramento de homenaje y fidelidad a un príncipe, pero con contratos no hereditarios y que normalmente tenían una duración de meses o años. Este «feudalismo bastardo» estaba a un paso del sistema de mercenarios, que ya había triunfado en la Italia de los condotieros. {Nos deberíamos preguntar si la magia de batalla, como los arcos y las picas, también ha conseguido eliminar la importancia de la caballería, o si por el contrario los sortilegios defensivos se han desarrollado en igual o mayor medida que los ofensivos}

La disolución de la pirámide feudal comenzó por su cúspide, cuando los reyes comienzan a considerarse «imperator in regno suo» (emperadores en su reino), apoyados muchas veces por el Papa, del que podían considerarse teóricamente vasallos. La Baja Edad Media presenció la crisis del vasallaje junto con la crisis del siglo XIV: la separación nítida entre la alta nobleza (los Grandes de España, títulos y señores que habían concentrado grandes extensiones) y la baja nobleza empobrecida (los hidalgos), al mismo tiempo que se fortalece el poder real que evoluciona hacia las monarquías autoritarias y aumenta la importancia de la burguesía de las ciudades, que pasan a ser un espacio político de importancia, ajeno a las redes del vasallaje.

Al mismo tiempo, se percibe una cierta evolución en la mentalidad medieval, y el hombre comienza a ser la medida del mundo.


En una próxima entrada comenzaremos con la aplicación de toda esta serie a una ambientación de fantasía. Comprobaremos lo que podemos aprovechar y lo que debemos cambiar al hacer acto de presencia la magia y los monstruos típicos. ¡Nos leemos!

3 comentarios:

  1. Siempre que pienso en una ambientación fantástica e imagino la forma de hacer la guerra, casi siempre la muestro de una forma "moderna"; una caballería que no es sino otra sección de un ejército profesional. Evidentemente, la magia ha tenido un gran impacto en la forma de hacer la guerra, casi tanto cómo la pólvora, aunque la posibilidad de que ésta sea defensiva equilibra un poco el asunto.

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  2. Interesante, a reflexionar sobre la magia de batalla y el porque.

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    1. Sip. Y la verdad es que empiezo a moverme por terreno pantanoso. Hasta esta entrada era todo información histórica, y por tanto simplemente la transmitía. Para la siguiente mi intención es imaginarme cómo puede afectar toda la fantasía en la ambientación. Me entra sudor frío...

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