Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania, novela en construcción

Notas de Inier Hojamarga (V)

Penúltimo (creo) fragmento de esta serie que les estoy entregando a mis jugadores. La verdad es que entre las entradas sobre la preparación para la campaña de este año, estas breves notas, y lo que voy dejando caer durante el juego, estoy preparando una «entrada triunfal» para el elemento central que supone la ciudad voladora. Veremos si puedo estar al nivel de expectación cuando llegue el momento. Yo mismo estoy deseando que el grupo llegue al valle donde el artefacto está enclavado, y se enfrenten a los misterios que contiene. Pero tengo que esperar a que se lo merezcan, afrontando los múltiples peligros que supone hacer un viaje al norte. Ya veremos cómo sale.
Y como siempre, recuerden que son las palabras de un albo bastante borde...

Repaso las notas anteriores: una ciudad voladora, creada por una raza antigua y usada por los albos que lucharon en las Guerras del Delta, fue encontrada por un reyezuelo humano para arrebatar el control del reino de Etön Ezil a sus dueños respectivos. En líneas generales, eso es todo lo que tengo, además de algunas suposiciones sobre su funcionamiento.

Y nada de ello me va a permitir encontrar la ciudad. Fue por ese motivo, precisamente, por lo que vine a Canalburgo: la respuesta se halla en la vida de Kinaël.

Cuando el ferso se aseguró el control sobre Etön Ezil, atacó Kandar, y posteriormente el resto de los reinos meridionales. Extendía así un reino que controlaba más que cualquiera de los anteriores en la región, desde la caída de los oretanos medio milenio antes. Durante sus quince años de reinado podrían contarse con los dedos de una mano las ochanas en las que no hubo una batalla o una escaramuza en algún punto de su reino. La resistencia de los pueblos meridionales era todavía muy fuerte, y múltiples focos de rebeldía nacían una y otra vez en su propio territorio. La ciudad voladora seguía siendo el centro de su gobierno, aunque la empleaba básicamente como enorme guarnición de tropas, con las que se desplazaba allá donde fueran necesarias.

Finalmente, agotado por una vida guerrera que no parecía tener un final claro a la vista, abandonó el reino en manos de sus hombres, y marchó, él solo, surcando el límpido aire septentrional. El sueño que había sido el reino de Paelia se rompió, aunque resurgiría muchos años después.

¿Hasta dónde llegó Kinaël en su viaje hacia el norte? Eso es lo siguiente que debo preguntarme.

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